Qué hay detrás de una novela II: colores, olores, sabores…

En el post anterior escribí sobre el rol protagónico de Julio Torres, mi amigo escritor, en la creación de Como las uvas, mi primera novela. Y digo primera porque hay dos más en el horno… 

Pero Julio no fue el único que me hizo revisar, repensar y reescribir Como las uvas. Hubo otros lectores, otras opiniones, que iré rescatando para recordar y mostrar cómo se vive la escritura y la edición de un libro desde adentro.

Después de Julio, una de las personas que más influyó en los cambios que fui haciendo es otra escritora: Cristina Loza. La Loza, mi amiga y una mujer a la que admiro por su coraje, su audacia, su voluntad, con la que compartimos tantísimas horas de trabajo y de charlas telefónicas y presenciales sobre todos los temas imaginables, incluidos por supuesto nuestros libros.

Con Cristina tenemos maneras muy distintas de escribir. Su prosa es como ella: exuberante, salvaje, llena de sorpresas. Una selva de palabras coloridas, fragantes, sabrosas, picantes, ácidas, que brotan por todas partes… La Loza escribe a mano alzada y desde las tripas, y por más sórdido o escabroso que sea lo que está narrando ella se las ingenia para que suene humano. Entendido lo humano como experiencia pura, más allá del bien y del mal.

Yo vivo, y escribo, más metida para adentro, en los sentimientos, las emociones, los recuerdos, y a veces me olvido de los detalles de afuera. Me olvido de poner en los textos olores, sabores, texturas, de la misma manera que a veces no los veo, no los registro. Puedo recordar el tono de voz, la mirada de una persona, los gestos, pero no me pidan que recuerde el color de su ropa. Entonces, para mí escribir es como armar un árbol de navidad. Primero escribo lo esencial sin detenerme en los detalles, me ocupo del sentido, de lo que quiero decir, de lo más profundo. Y después empiezo a colgar los adornos: adjetivos, imágenes, colores, sabores, olores. Puedo pasar horas, días, meses, cambiando palabras, reacomodando frases, agregando, poniendo, sacando, hasta que el resultado final me conforma. O casi.

Y ese fue un detalle que me hizo notar la Loza. En Como las uvas había introspección, había diálogos, pero faltaban colores, olores, sabores, que al lector le hicieran sentir y ver el entorno, los personajes.

Es cierto que el lector bien puede imaginarse todo eso, y de hecho hay novelas en las que el autor no describe físicamente a los personajes, ni los paisajes, y uno ni siquiera se da cuenta porque está atrapado en la trama. Pero en general, creo que a la mayoría de los lectores comunes (como yo) les gusta que el autor les cuente cómo son los personajes, las casas donde viven, los lugares por donde se mueven. David Copperfield no sería el mismo libro sin las desopilantes o dramáticas descripciones de Dickens. Más cerca en el tiempo y el espacio, Cristina Loza y Julio Torres tienen descripciones magníficas en sus libros, que enriquecen la trama y que involucran al lector al conectarlo con el instinto, con los sentidos.

¡Otro desafío para la Fernández! Convertir algunas escenas, que parecían nidos hechos con dos palitos y tres plumas, en estructuras multicolores y sólidas en las que pudiera vivir toda una bandada de pájaros.

 Y así fue como empezaron a aparecer señas particulares, detalles, que antes quedaban librados a la imaginación del lector: gorduras y delgadeces, rulos, canas y pelos lacios, paredes con humedad y pisos de mármol, la boina del kioskero y los locales vacíos en la peatonal, el cubrecamas tejido al crochet, árboles y flores, perfumes y olores,  hormigas que mueren a golpes de ojota y una vaca a orillas de un arroyo, anteojos y ojeras, y todo lo que le hiciera la vida más fácil al lector invitándolo a meterse en la historia como si metiera en un cuadro.

Pero mis descripciones, son mías. No son como las de Cristina o las de Julio, porque cada uno tiene su manera particular de ver y de contar lo que ve. Y no se trataba de imitar estilos, sino de sumarle valor a mi novela y hacerlo con mis propias palabras.

Creo que lo conseguí. En un tono que no deja de ser intimista, he logrado mostrar lo que quería mostrar: cómo son, cómo viven, dónde viven mis personajes, qué comen, cómo se visten, cómo huelen sus casas… y cómo se ven a sí mismos y al mundo que los rodea. 

Gracias, Loza, por la sugerencia de sumar descripciones, que me ayudó a crear un mundo literario a imagen y semejanza de este mundo loco que habitamos. Un mundo que nos entra por los ojos, por los oídos, por la nariz, por las manos. Un mundo que a veces huele a pan y otras a mierda… Un mundo que a veces determina lo que podemos o no, lo que está a nuestro alcance, lo que necesitamos construir o descartar para ser felices.

Dicen que la realidad supera a la ficción. Lo que no dicen, es que eso que llamamos «realidad» no es más que la historia que nos contamos. La que cada uno elije contarse. La que cada uno escribe como puede, y con las herramientas que tiene. Que no son las únicas, siempre hay más. Es cuestión de aprender y de probar, como hice yo con las descripciónes.

Pero para eso, tenés que aprender a escuchar al otro y prestarle atención a las críticas constructivas, esas que te marcan los errores no como algo insalvable, sino como posibilidades de mejora y de crecimiento. Y después, tenés que animarte a cambiar…

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