Qué hay detrás de una novela

Conocer la cocina de la escritura, que el autor me cuente cómo se gestaron los personajes, qué lo llevó a elegir esa historia y no otra, ubicarla en ese lugar y ese tiempo, y no en otro, me ha permitido disfrutar y valorar los libros de otra manera. Es que hay tantas emociones encontradas durante la creación, tanto trabajo, tantas dudas, tantas idas y vueltas, tanta soledad y tanta incertidumbre, que con todo eso se podría escribir un libro paralelo.

Mi «Como las uvas», se cocinó a fuego lento. Muy lento.  

Cuando publiqué el “Manual de instrucciones para Recién Separadas”, sentí que tocaba el cielo con las manos y pensé que a partir de ahí me dedicaría a escribir textos humorísticos, siguiendo los pasos de Cristina Wargon. Hasta que apareció en mi vida Julio Torres.   

Julio es escritor, y tenía varios libros publicados en Ediciones del Boulevard. Un día que fue a la editorial encontró mi libro entre las novedades, le llamó la atención la tapa, se rió del título, le gustó la foto de la autora (yo) y se lo llevó para leerlo. Cuando lo terminó, me mandó una carta desmesuarada llena de elogios y con algunas críticas sui géneris, que me motivó a responderle con la ironía irreverente que me gustaba usar para poner las cosas en su lugar.

Al principio me causó gracia eso de tener un admirador literario desconocido, así que cuando volví a ir a la editorial le pregunté por él a mi editor, y le di una mirada a sus libros.

Resultó ser que Julio era un buen escritor. Muy bueno. Tenía publicada una novela histórica, “El oro de los Césares”, sobre la vida de Jerónimo Luis de Cabrera, que era antepasado de él. Y un par de novelas más (contemporáneas, no históricas) y dos libros de cuentos. Las fotos de las contratapas me mostraron a un hombre maduro (me lleva 20 años) con cara de señor feudal, aunque había una muy linda de cuando era joven, vestido de explorador y con pinta de actor.

Poco después, nos conocimos personalmente. Y unos meses más tarde, en uno de nuestros encuentros me tiró el desafío: tenés que escribir una novela.

 “Me encantaría”, le dije, “pero no se me ocurre ningún tema interesante…”

Y él me contestó: “Al tema lo tenés adentro tuyo. Mirá a tu alrededor, mirá la gente, mírate vos, lo que sentís, lo que pensás. Armá los personajes como si fueran Frankestein, con un poco de cada uno, cambiá las historias que no te gusten, matá gente que está viva y resucitá gente que está muerta, imaginá lo que te falte, sentate a escribir como vos sabés y vas a tener una novela”.

Sonaba tan fácil, escuchándolo…

Ok, me dije. Allá voy. Lo primero era elegir qué quería contar, y cómo contarlo. Generalmente, los escritores escriben el tipo de libros que les gusta leer. Y a mí me gustan las historias intimistas, que ponen el foco en los sentimientos y emociones de los personajes. Las historias de gente común y corriente, con sus alegrías y tristezas. Historias realistas, que transcurren en tiempos y lugares reales, con nombres de calles reales. No me gusta la ciencia ficción, la literatura fantástica. Me gusta la novela histórica, pero le tengo demasiado respeto y no me sale escribir como si viviera en otra época. Así que lo mío, concluí, iba para el lado de la novela romántica realista costumbrista intimista localista, dramática pero con humor. Inclasificable.

Definido el estilo y el tema, me puse a escribir. Y un año después, le dije a Julio que tenía la novela lista. Quería leerla ya, así que fui a su casa, a Totoral, y se la llevé impresa.

Ni bien terminamos de almorzar fuimos a su escritorio, él se sentó a leer y yo me senté enfrente, en un sillón, a ver cómo leía.

¡Y cómo leia! Pasaba las páginas con expresión cada vez más reconcentrada, sin decirme una palabra y sin levantar la vista. Así se leyó de un tirón la primera parte.

Pero de ahí en más, dejó de concentrarse y siguió leyendo salteado. Y cuando terminó, me dijo:

-La introducción no me gusta. La segunda parte sobra. No es buena. La primera parte está espectacular. La protagonista, muy bien lograda. Tenés un personaje masculino impresionante en la primera parte, un hijo de puta al que es muy difícil hacerle sombra. Si lo tuviera enfrente lo cago a trompadas. El personaje masculino de la segunda parte no le llega ni a los talones. No tiene sustancia, es insulso. Te va a ser muy difícil ponerlo a la altura del otro, y necesitás que sea igual o mejor de fuerte para que la segunda parte sea creíble. Yo que vos, hago una novelita corta con la primera parte. Es una puñalada. Te deja boqueando. El resto no sirve. Y cambiale el título, Siete vidas suena cursi.

Había que remontar una opinión así… y más viniendo de Julio, a quien consideraba una autoridad en la materia. En mi ingenuidad, creí haber tenido un libro terminado y lo único que tenía era un borrador, sobre el que tendría que trabajar muy duro para conseguir una historia creíble.

Lograr que Julio se tragara sus palabras y le diera el visto bueno al personaje masculino que no le gustó, iba a ser un desafío mucho más grande que el de escribir la novela. Tozuda como soy, me prometí no descansar hasta conseguirlo.

A partir de ahí, le pasé por mail cada modificación que hacía. Julio despotricaba, rechazaba páginas enteras, me decía que estaba haciendo un culebrón… hasta que un buen día, empezó a aflojar y reconoció que ese personaje que él insistía en ver como un boludo, iba tomando cuerpo. Y empezaba a dar batalla.

Finalmente, ocurrió el milagro y me aprobó la segunda parte. No conforme con eso, seguí corrigiéndola y retocándola, y cada vez que la volvía a leer le agregaba algún detalle nuevo.

Así estuve, dando vueltas, dejándola dormir unos meses, un año, poniendo y sacando frases pero sin decidirme a editarla, hasta que a fines de diciembre de 2019 dije basta, la revisé por última vez, armé el libro digital, solicité el ISBN y le puse el punto final en enero de 2020.

Julio fue el primer lector y el primer crítico de Como las uvas. Un crítico atinado y despiadado, al que varias veces estuve a punto de mandar a la miércole, pero al que escuché siempre con respeto porque sabía que tenía la mejor de las intenciones.

Cuando lo conocí, él estaba por cumplir 60, la edad que yo tengo ahora. Hoy tiene 80, y su intolerancia con los que piensan distinto y el creerse dueño de la verdad lo llevaron a distanciarse de mí, y de otros amigos. Hace tres o cuatro años que no sé nada de su vida. Guardo en mi memoria y en mi corazón los buenos momentos compartidos, los buenos consejos, los mails kilométricos que nos mandábamos cuando todavía se podía discutir con él.  ¡Me encantaba hacerlo rabiar, cómo se enojaba!

Mi querido Julio… Tan patrón de estancia, y tan mal llevado… Talentoso, emprendedor, apasionado, categórico, que escribía como vivía, con la misma intensidad y sin medias tintas.

Gracias JT por creer en mí, por las palabras de aliento cuando consideraste que las merecía y también por las otras, por las palabras ásperas, las que me ponían en pie de guerra para demostrarte, y demostrarme, que podía escribir mejor.