Navidades

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Mis navidades tienen sabor a infancia, a los recuerdos de la infancia. Debe ser por eso que, según pasan los años, la nostalgia se me va metiendo cada vez más hondo en el corazón sin que me de cuenta, hasta que algo, un perfume, una foto, una frase escuchada al azar, me hace saltar la primera lágrima y una sensación de pequeñez, de finitud, de indefensión ante los avatares de la vida.

No ando llorando por los rincones, aclaro. Ni me deprimo. Sólo me dejo ir, en una confusa mezcla de sensaciones, hacia el pasado y hacia el futuro, hacia lo que quisiera cambiar del mundo y no puedo, hacia lo que he logrado y lo que quedó en el camino, y hago una especie de balance en el que priman los agradecimientos, porque sería una ingratitud no agradecer todo lo que tengo.

Y es que la vida es eso, al fin y al cabo: lo que hay, lo que tenemos al alcance de la mano, y los sueños.

Cuando recién llegamos a vivir a Unquillo, y durante dos o tres años, vinieron a pasar las fiestas con nosotros mis abuelos paternos, dos de mis primos, y la tía Leonor, que era hermana de mi abuelo Diego. La tía Leonor hacía como veinte años que estaba de luto, ese luto de antes, negro riguroso en invierno y verano. Primero se le había muerto un hijo chiquito y años después el marido, y había enganchado los dos duelos como solían hacer en su España natal. Y había quedado débil del corazón, por lo que no había que darle malas noticias.

Pero la tía Leonor no era una mujer triste ni amargada. Recuerdo que un par de días antes de la navidad salía con mi abuela, recorría los tres o cuatro negocios importantes que había en Unquillo (casa Ararat, casa Tito…) y volvía cargada de paquetes que escondían en el placard de mi mamá.

Un año fueron silloncitos de mimbre para mi hermana y para mí; otro, cubrecamas y frazadas; otro, sábanas; treinta y cinco años después, todavía conservo una de esas sábanas, que de tan transparente parece un velo pero que todavía está sana y es la favorita de mi hija. La noche del 24 transcurría entre platos y más platos de comida con total tranquilidad hasta las doce en punto, hora en que la tía Leonor, para congoja de todos, sacaba el pañuelo, se abrazaba a mi abuela y largaba el llanto, que se prolongaba hasta cinco minutos después del brindis, cuando luego de enumerar las virtudes de sus dos difuntos y de abrazarnos y bendecirnos a todos, la tía arremetía contra los turrones, las nueces, las almendras, y munida de una copa de sidra se ponía a conversar tranquilamente con mis abuelos sobre tiempos idos.

Mi mamá a veces se quejaba de que nos amargaba las fiestas, pero a mí me gustaba tenerla en casa; la tía Leonor, con su dignidad de viuda eterna y sus ropas negras, me parecía un personaje de lo más interesante, y a su manera, creo que me trasmitió el mensaje tranquilizador de que la vida sigue, siempre, hagamos lo que hagamos, más allá de las pérdidas y las ganancias.

De ella aprendí también que no hay corazones débiles: esa mujer a la que no había que darle malas noticias enterró a todos sus hermanos, a una hija más y a varios sobrinos. Y me enseñó, por último, que el llanto y la nostalgia no son malos, siempre y cuando sepamos después, como ella, levantar nuestra copa, bendecir, y brindar. Y brindarnos.