Mi sesión de fotos boudoir

Yo no sabía que se llamaban así, para mí eran fotos sexis. Y ese fue el desafío que asumí hace tres años en el tramo final de mi formación como coach: hacer una sesión de fotos sexis. Ligerita de ropas, digamos. Algo que a los 20, o 30, puede resultar muy natural, pero que a los 56 no es habitual, por lo menos aquí donde vivo yo.

Al lado de otros desafíos que habían elegido mis compañeros -tirarse en paracaídas, aprender pole-dance (el baile del caño), cantar en inglés, por ejemplo- el mío me pareció de lo más sencillo… hasta el momento en que le tuve que entregar el pendrive con las fotos a uno de mis profesores. Pero a esto lo dejo para el final. Vayamos por partes.

Una compañera que por su edad podría ser mi hija, Alejandra Herrera, se ofreció como fotógrafa. Y allá fuimos. Mejor dicho, allá vino ella con su máquina de fotos y las luces, porque el escenario iba a ser mi casa.

La habitación nueva, todavía sin pintar y vacía, fue nuestro improvisado estudio; para las tomas al aire libre teníamos la vegetación salvaje del fondo, puro monte. El decorado: un sillón grandote cubierto con un corte de raso. Maquillaje, lo que encontré por ahí dando vuelta, más algo que trajo Ale junto con un sombrerito rojo (que nos vino muy bien, porque yo solamente tenía uno negro de gaucho), una peluca multicolor de payaso y unos zapatos negros de gamuza con unos tacos altísimos, con los que no podía caminar entre toma y toma.

La ropa no fue problema: un corpiño rojo de mi hija, el chal negro tejido por la Tata, mi abuela, hace más de 40 años, los guantes de cabritilla negra que usaba en mi adolescencia, cuando era fashion,  un jardinero de jean de la adolescencia de mi hija, un piyama de raso que no usé nunca y otras prendas que rescaté de las profundidades de mi placard.  

Después de improvisar el maquillaje, empezó la gran diversión. Porque todo fue divertido, desde probar poses ridículas hasta los comentarios de Ale cuando me ocurría algún percance: “Se te ve una teta, Gra…”

Mi querida Ale me tuvo paciencia, trabajó como una verdadera profesional y la tarde se nos pasó volando. 

Hacía mucho que no me ponía zapatos con tacos. Y nunca en mi vida me había sacado ese tipo de fotos. Cuando era jovencita me gustaba posar como si fuera una modelo, pero siempre con ropa. Eran tiempos de cámaras Kodac y revelado en papel, y las pocas fotos que me han quedado ya están desteñidas como esta.

Después, con los años, me dejó de gustar verme en fotos. No me gustaban mi cara, mis expresiones, mi postura. Me veía tensa, con una sonrisa forzada, y las instantáneas no me favorecían: mis manos parecían garras, o salía con la mirada perdida o las cejas muy levantadas, o con una sonrisita de costado que me daba un aire sardónico. No sé que verían los demás, pero yo veía eso.

Y con la sesión de fotos boudoir, ocurrió un milagro. Me vi, y me gusté. Me reconocí entera en esa manera desconocida, distinta, de mostrarme.  Vi la belleza de una mujer de 56 años realzada por una producción y una edición cuidadosa, pero sin fhotoshop. Las arrugas están. Las canas también. Al resto, lo cubre estratégicamente un sombrero, un pliegue del chal… o se atenúa con el ´magico recurso de pararse derecha y estirar los brazos hacia el cielo. Pose milagrosa si las hay: ¡casi todo lo caído se levanta!

Esa de las fotos no era yo, pero era yo. Con mi ropa, en mi casa, con el mismo peinado de siempre y apenas un poco de maquillaje. La del glamour vintage, era yo. Esa mina que insinuaba más de lo que mostraba, ¡era yo!

Fue loco, muy loco. Y fue una experiencia que me empoderó, porque me sirvió para ver que podía elegir ser esa mujer cuando quisiera, porque la tenía adentro. Porque esa, también era yo. Me sirvió para mejorar la imagen mental que tenía de mis años, y de mí misma. Me sirvió para soltarme y jugar, disfrutar el aquí y ahora sin estar pendiente del resultado.

Le recomiendo a todas las mujeres que en algún momento de su vida se regalen una sesión de fotos boudoir. Fotos sexis. Es muy terapéutico. Si ya no se sienten unas leonas, recuerden la última vez que se sintieron así. Recuerden cómo se movían, cómo caminaban cuando se llevaban el mundo por delante, cuando les gustaba mostrarse.

No hay nada que perder: si las fotos no te gustan, las borrás y listo. Y hay mucho por ganar.

Dejo para el final lo que sí fue todo un desafío: entregarle las fotos a mi profesor, que gracias a Dios las bajó a su computadora y me devolvió el pendrive sin hacer comentarios. Creo que me puse colorada y todo. Y después, mostrárselas a mis compañeros. Porque andar payaseando para una, vaya y pase, pero que lo vean los demás… Que me vieran posando en corpiño rojo y con guantes de cuero negro, era muy fuerte.

Hoy, tres años después, elijo contarlo públicamente para que otras mujeres de mi edad se animen y prueben. Con más o menos producción, mostrando lo que quieran y sugiriendo el resto, posando como Marilyn Monroe, Sofía Loren, Madonna, Shakira o quien más les guste, anímense. ¡No se van a arrepentir!