Con la democracia se cura, se come, se educa…

Hace más de un mes que no escribo nada. Mea culpa. El tiempo es tirano, y estuve ocupada en actividades tan diversas como corregir una novela, renegar con el albañil que hizo unos arreglos en casa, coser un vestido de fiesta para mi hija, ayudarle a una amiga a preparar el cotillón para la boda de su hija, y las actividades domésticas y compromisos familiares de cada día.
¿Por dónde empiezo? Por lo más reciente; por el adiós a un hombre que marcó un hito en la historia del país, y en la de quienes lo admiraron o quisieron.

Se nos murió Raúl Alfonsín. Pero cómo, si parece que fue ayer que nos movilizó con su pasión, que nos insufló todas las ilusiones y esperanzas juntas y una más, que consiguió un triunfo impecable ante un peronismo que no tenía nada que ofrecer. Si parece que fue ayer que fui a votar con mi hija en brazos y con mi hermana, que igual que yo, votaba por primera vez.

Si parece que fue ayer cuando lo voté, con una emoción, una alegría y una convicción tan absolutas como no volví a sentir en ninguna otra elección. Si parece que fue ayer…

Pero no fue ayer. Pasaron veintiséis años, mi hija es una mujer, yo estoy al borde de los cincuenta, él envejeció con la dignidad de un verdadero patriarca, canas al natural incluidas, se enfermó, la enfermedad se lo llevó, y mientras tanto todos, él y nosotros, fuimos pariendo como pudimos, o como nos dejaron, esta democracia que tenemos hoy, con sus virtudes y sus defectos, pero democracia al fin.

Pasaron veintiséis años y mucha, muchísima agua bajo muchos puentes, pero no la necesaria, todavía, para que la historia lo ubique en el lugar que se merece. Su muerte aceleró un poco el reconocimiento de sus méritos, y con los homenajes póstumos salieron a la luz anécdotas y semblanzas de un hombre íntegro, coherente con sus principios como sólo puede serlo alguien que de verdad tiene principios.

Y no es para menos. Frente a la doble faz de tantos políticos y gobernantes que hoy hablan de honestidad, patriotismo y compromiso pero que no podrían demostrar el origen de sus fortunas personales, Alfonsín se erige como un ejemplo incuestionable de esa ética que tantos cacarean pero pocos practican. Frente al autoritarismo, el oportunismo y la soberbia del matrimonio presidencial, el espíritu democrático de Alfonsín contrasta demasiado, y ni qué hablar si comparamos su sencillez con las veleidades de prima donna de Menem (que viajaba con su peluquero y con la modista de su hija, devenida en primera dama), o las de Cristina (que seguramente gasta en carteras, zapatos, cosméticos y ropa bastante más que las mujeres de los sojeros “golpistas” a los que tanto defenestra).

Como millones de argentinos, lloré al volver a ver las imágenes de su asunción y revivir las idas y venidas de su gobierno, sus errores, sus aciertos.

Y en ese llanto se mezclaron la nostalgia por todo lo que representó hace veintiséis años, por lo que pudo ser y las circunstancias (y tal vez una oposición que no estuvo a la altura de esas circunstancias) no le permitieron ser, y una preocupación bastante impaciente por lo que quiero para mi país y todavía no llega: una democracia basada en el respeto, en la que todos juntos, más allá de nuestras diferencias, tiremos para el mismo lado.

Hace veintiséis años, Alfonsín me hizo creer que eso era posible. El sueño de esa gran democracia con la que “se cura, se come y se educa” está intacto, pero hoy sé que no depende ni de un líder, ni del carisma o la dadivosidad de nadie; ese sueño depende de nosotros, de que cada uno ponga lo que tiene que poner, esté donde esté, piense como piense, y de que aprendamos a exigirle a nuestros gobernantes (y legisladores) que honren sus cargos y su palabra, que sean dignos, que no mientan, que no sean oportunistas, que rindan cuenta de sus actos, que gobiernen para todos y escuchando a todos, que sean austeros, que sean decentes.

Porque la democracia no es una concesión que nos hace el ganador de turno, ni un derecho adquirido, ni una palabra bonita con la que arengar a las multitudes, ni un concepto abstracto que toma la forma que más nos conviene. La democracia es un estilo de vida, una manera de ser Nación y Pueblo, de pensarnos como sociedad y como país, y no puede imponerse por decreto: tiene que surgir de abajo hacia arriba, como una vertiente, porque hasta que no sea así no entenderemos que es nuestra responsabilidad, que tenemos que construirla día tras día entre todos, para todos, con todos.

Gracias a la ocurrencia de nuestra presidenta de adelantar las elecciones legislativas, el mundillo político argentino está más hiperactivo que hormiguero antes de la lluvia: que un intento de alianza por acá, que una ruptura por allá, que fulano quiere pero no lo dejan, que mengano quiere ir primero, que zutano se bajaría porque no da en las encuestas, y si seguimos así, corremos el riesgo de que cada partido vuelva a ir dividido en dos o tres fracciones, con lo que la confusión de los votantes será beneficiosa para algunos y catastrófica para otros. Y como a río revuelto ganancia de pescadores, hasta puede que el gobierno consiga conservar su mayoría en el Congreso. A la crisis internacional, que debería tener a legisladores y gobernantes trabajando a full para hacerle frente, se suma nuestra propia, y a estas alturas endémica, crisis política: nuestros partidos tradicionales, faltos de autocrítica y de capacidad de reacción pero eso sí, saturados de aspirantes vitalicios a cuanto cargo pueda existir, no encuentran la manera de juntar sus rebaños detrás de un solo líder, y en el intento pierden un tiempo precioso que deberían dedicar a ocuparse del país.

Lo de la atomización de los partidos tradicionales es un incordio porque también atomiza el voto, lo desparrama entre un montón de candidatos a los que muchos votan por error gracias a nuestro sistema tramposo de sumatorias y sublemas electorales. Pero en el fondo no es malo, porque significa que cada vez somos más los que no estamos dispuestos a dejarnos llevar por la nariz ni a encolumnarnos ciegamente detrás de nadie, por más carisma que tenga. Tal vez deba ser así; tal vez nuestra democracia, para crecer sana y fuerte, necesite que mueran viejas fuerzas políticas y que nazcan otras. Tal vez el peronismo, si quiere sobrevivir, tenga que abandonar para siempre la marchita, dejarse de cantar aquello de “combatiendo al capital”, reconocer que el capital es necesario para generar trabajo, y olvidarse del clientelismo, del matonismo, del verticalismo, y de tantos ismos como cobijó a lo largo de su historia. Tal vez el radicalismo tenga que declamar menos y escuchar más a la gente, sobre todo a su gente; el fenómeno de los radicales “K” debería ser estudiado en profundidad dentro del partido para ver por qué se originó, dónde está el agujero por el que se les escaparon dirigentes que, como Julio Cobos, el vice, tienen hoy mejor imagen que los candidatos radicales puros. Tal vez los partidos nuevos, que en su mayoría no son más que gajos de las fuerzas políticas tradicionales, consigan generar una nueva dirigencia, más osada, más comprometida con el presente y el futuro que con el pasado.

Tal vez. Cuando mayor es la crisis, más posibilidades hay de que se produzcan cambios de fondo y eso siempre es positivo. Mientras tanto, aguantemos el chubasco, escuchemos propuestas, informémonos sobre los candidatos y sus antecedentes, tratemos de no votar por descarte o condicionados por el miedo, y esperemos que aquella utopía de Alfonsín de una democracia con la que “se cura, se come y se educa” se pueda convertir, en un futuro no muy lejano, en una realidad que todos valoremos y disfrutemos.