Que hay detrás de una novela III: la opinión de los editores

En 2005, 2006, empecé a buscar editorial para publicar Como las uvas. Y como no tomé la precaución de blindarme por dentro y por fuera para recibir críticas negativas, terminé abandonando la búsqueda desmotivada y maltrecha.

El primero en darme su opinión fue Javier, mi editor del Manual de instrucciones para Recién Separadas. La palabra que usó para describir mi novela fue un mazazo en la nuca: “es claustrofóbica”, me dijo.

Javier había leído solamente la primera parte, y se había sentido ahogado. Cuando se lo comenté a Julio me dijo que no le llevara el apunte, que estaba perfecto que se sintiera ahogado por la tensión dramática de la historia, de los recuerdos y de lo que estaba pasando. Me recordó cómo se había sentido él cuando la leyó de un tirón, a esa primera parte. Eso me dio tranquilidad: si lo decía Julio, palabra santa.

Después la llevé a otra editorial conocida de Córdoba, donde cayó en manos de un licenciado en Letras Modernas de cuyo nombre prefiero ni acordarme, y que no tuvo mejor idea que compararla con El revés de las lágrimas, la novela de Cristina Loza: “La tuya es una historia común y corriente, no hay personajes épicos como en El revés de las lágrimas”, me dijo. Textual.

Según él, los lectores querían novelas como esa y la mía no era atrapante, no pasaba nada fuera de lo común. Me defendí con uñas y dientes. ¡Por supuesto que mi novela no tenía nada que ver con El revés de las lágrimas, eso era muy obvio! Para empezar, no era una novela histórica, y eso invalidaba toda comparación posible. Mi novela era contemporánea, con las alegrías y tristezas de la gente común, ambientada en Córdoba, con lugares reconocibles, referencias a la historia reciente… Todo esto, para él, restaba en lugar de sumar porque eran cuestiones que a nadie le interesarían. Seguí defendiendo mi novela, cada vez más enojada con ese aspirante a editor que se empeñaba en desmerecerla. Hasta que me cansé y di por terminada la reunión.

Como tenía confianza con los dueños, pedí otra opinión dentro de la misma editorial. Y si mal no recuerdo, la leyó la esposa del dueño, que puso paños fríos y me dijo que me podía pasar un presupuesto para editar la novela. ¿Cómo es eso? Para arriesgar dinero ellos era mala, pero si yo pagaba la edición estaba todo bien y la editarían tal como estaba. No me animé a decirle que se metiera la editorial en el culo, pero juro que lo pensé.

Aclaro que esa práctica es común en las editoriales, y es comprensible: si no tienen garantías de recuperar el dinero, no arriesgan. Y las garantías las pueden tener solamente con autores conocidos, que no era ni es mi caso. Lo que me molestó fue el jueguito previo: hubieran empezado por decirme que tendría que pagar de mi bolsillo la edición, en lugar de tirarme la novela abajo.

Tiempo después, se la di a leer a una chica que estaba dando sus primeros pasos como editora y buscaba autores. La defenestró, pero por un motivo distinto al de los otros editores. No le habían gustado los personajes masculinos. Demasiado intensos, era el tipo de hombres que le hacía mal a las mujeres. Tampoco le gustó que la historia tuviera referencias a hechos y personajes reales de la política o la realidad social. Según ella, si quería ver eso miraba un noticiero, no quería esa realidad en las novelas.

Lo que me faltaba: después del trabajo que me había dado conformarlo a Julio con mis personajes masculinos, esta mujercita me decía que eran demasiado intensos… 

Mientras tanto, la había leído un periodista amigo al que le había encantado y me alentaba a publicarla; según él, se había enamorado de la protagonista y le habían dado muchas ganas de protegerla, y tanto ella como los demás personajes estaban muy bien logrados. Y también la leyó un escritor y crítico español que conocí por internet y con el que nos hicimos amigos, Ricardo Bada, al que le pedí expresamente su opinión sincera sobre los localismos: quería saber si alguien que no conocía nuestra historia reciente, ni los lugares que mencionaba, podía disfrutar la novela y entenderla. Su respuesta me dio alas: la novela le gustó, y me dijo que aunque no sabía nada de los políticos y hechos que mencionaba, había entendido perfectamente los diálogos y las opiniones y acciones de los personajes. Dos miradas masculinas que me sostuvieron la moral en alto por un buen tiempo.

Años después, y luego de varios retoques, hice un nuevo intento y la mandé a otra editorial. Durante seis meses, cada vez que preguntaba si había novedades la esposa del editor me respondía que la estaba leyendo… Y nunca me dio su opinión.  

Hoy, a la distancia, agradezco cada una de las críticas que en su momento consideré injustas, y agradezco también que no hayan querido editarla. Mis uvas todavía estaban verdes. A esto lo pude ver a medida que iba haciendo ajustes en la prosa, y que se me ocurrían escenas nuevas que enriquecieron la trama y le dieron más cuerpo y más fuerza a los personajes.   

Uno se enamora de lo que escribe, y eso dificulta ser objetivo. Sé que la imparcialidad absoluta no existe, y que todas las miradas son parciales. Pero la opinión del otro, aunque sea parcial, me puede mostrar lo que no puedo ver.

Y está en uno tener la capacidad para separar la paja del trigo, la crítica constructiva del comentario malintencionado que tiene como único fin desmotivar o desmerecer lo hecho.

La crítica constructiva, hecha con amor y con ánimo de hacernos crecer, nos desafía a demostrarnos a nosotros mismos hasta dónde podemos llegar. ¡Bienvenida sea!

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