Las palabras

Uno de los libros de mi infancia por el que siento un amor especial es el diccionario Codex que tenía mi papá. Dos tomos gordos, de tapas negras con letras doradas en el lomo, con algunas láminas ilustradas a color y Atlas universal. Todavía lo tengo, bastante maltrecho por el uso.

Ese diccionario fue protagonista de un pasatiempo que tuve en común, creo, con casi todos los niños de mi generación y de otras también, solos o en grupo pero siempre a escondidas de los padres: buscar malas palabras.

Recuerdo el paseo que nos llevaba de una punta a la otra del diccionario, porque en las definiciones siempre aparecía alguna palabra que no conocíamos y había que buscarla, y cuando la encontrábamos otra vez nos pasaba lo mismo, hasta que nos perdíamos en un laberinto del que sólo podíamos salir si dejábamos alguna definición a medias.

Eso nos pasó, primero a mí y unos años más tarde a mi hermana, cuando intentamos descubrir el significado de la palabra “puta” en ese diccionario editado en 1954, y definitivamente quedamos sumidas en la ignorancia. La definición era escueta: “ramera”. Fuimos a la R, ra, ram… hasta que la encontramos. Ramera: “mujer entregada al vicio de la lujuria por el interés”. Retrocedimos hasta la L, lu, luj… acá está, ¡lujuria!: “Exceso, demasía. Lascivia”. A volver las páginas para atrás. La, lasc… Lascivia: “propensión a la lujuria”. Y ahí, en ese ir y venir de la lujuria a la lascivia, murió toda posibilidad de saber qué era una puta, y por qué esa palabra era un insulto gravísimo. Lo único que nos quedó más o menos claro, era que se trataba de una mujer que tenía algún vicio al que se entregaba por interés. En aquella tierna infancia de la década del 60, los únicos vicios que conocíamos por haberlos escuchado mencionar en las conversaciones de los mayores eran el cigarrillo, el vino y las carreras de caballos. En nuestra familia, estaban los tres: el tío Juancito, hermano de mi abuela, era “burrero”; el tío Manolo, hermano de mi abuelo, le daba al trago, y casi todos los hombres que teníamos alrededor fumaban.

Con los años, las lecturas y las primeras poesías que escribí, se fue gestando en mí una relación especial con las palabras. Era, y es, una cuestión de piel, que me hace elegir el sustantivo, el adjetivo, el verbo, que puede completar el rompecabezas que son mis textos cuando empiezo a pulir lo que escribí a mano alzada. Puedo pasar horas poniendo y sacando palabras hasta encontrar la que mejor se ajusta a lo que quiero decir.  

Cuestión de piel, y cuestión de oído; la música también es importante. Hay palabras que retumban como un tambor tribal, y otras que gotean dulcemente como la llovizna. Hay palabras que cortan el aliento como un grito de terror, y otras que traen paz como los cencerros de las cabras que bajan de la montaña al atardecer.

Hay palabras-clavo, palabras-puñal y palabras-abrazo.

Hay palabras-arena, palabras-sal, palabras-copo de nieve y palabras-viento de otoño.

Hay palabras-sonrisa, palabras-silencio y palabras sinfónicas.

A todas las amo. Todas tienen algo que decir, y esperan juntarse con sus almas gemelas para decirlo mejor.

Sueño con escribir, algún día, un gran libro. Algo sin palabras de más ni de menos, algo con la fuerza de un huracán, la tibieza de una caricia y la simpleza de la sombra de un árbol. Todo eso junto. Tal como aparece en los breves, escasos y mágicos momentos en los que la inspiración me atrapa y me abstraigo, me olvido del mundo, de mí, de la hora, de comer, de lo que hay que hacer, y escribo desde el fondo de mi corazón hasta que lo siento latir satisfecho, exhausto, feliz.

Las palabras. Duendes, hadas, brujas, que a veces nos fallan cuando más las necesitamos, que a veces no dicen lo que de verdad queremos decir… pero que están ahí, a nuestro alrededor, esperando que hagamos el intento de comunicarnos mejor con el otro, de alumbrar la oscuridad, de crear nuevas realidades.