Desafíos

A veces me enojo por mi inconstancia, por mi falta de compromiso conmigo misma. Me enojo por no hace más, por no ser productiva. Por las miles de ideas que dejo morir antes de que asomen los primeros brotes. Miles de semillas que podrían convertirse en árboles o en matas floridas, pero que no alcanzan a germinar.

En esos momentos, cuando me enojo, quisiera tener solamente una idea, para enfocarme en ella y ponerme a trabajar duro hasta hacerla realidad. Pero tengo muchas, y a la hora de elegir por donde empezar, me eternizo en la duda. O me entusiasmo con alguna y antes de dar los primeros pasos, mi entusiasmo se desinfla. O doy los primeros pasos, y la impaciencia por ver los resultados me hace abandonar. O veo algunos resultados y me frustro porque no son los esperados, o no alcanzan. Y como telón de fondo, esa voz interior traicionera que dice una y otra vez, como un eco:

Ya lo hicieron otros antes que vos.

Hay otros que lo hacen mucho mejor.

Sos invisible, no te registran.

Te falta entrenamiento.

Te falta pasión.

No tenés los contactos necesarios.

No tenés zapatos presentables.

No entendés cómo funcionan las redes sociales.

No podés.

No sabés lo suficiente.

No tenés el carisma suficiente.

No tenés el talento suficiente.

No… No… No…

Hasta que me canso de remar en ese mar de olas en contra que se va creando en mi cabeza, respiro hondo y empiezo a confrontar con la voz traicionera para ver si consigo callarla. Y sale, más o menos, algo así:

Ya lo hicieron otros antes que vos… pero no lo hicieron como lo puedo hacer yo.

Hay otros que lo hacen mucho mejor… pero no se trata de hacerlo mejor que ellos, sino de hacer lo mejor que puedo hacer yo, y hacerlo a mi manera.

Sos invisible, no te registran… ¿Para quién soy invisible? ¿Para quiénes quiero ser visible? ¿Qué estoy dispuesta hacer para dejar de ser invisible y que me registren?

Te falta entrenamiento… ¿Comparada con quién? Si no estás conforme, Fernández (cuando me quiero movilizar, me digo así, “Fernández”), entrenate más.

Te falta pasión… Mentira. Cuando te apasionaste de verdad por algo, no hubo dudas. ¿No será que eso en lo que no ponés pasión no va con vos, con tus valores, con lo que querés para tu vida?

No tenés los contactos necesarios… Mmmm, empezá a hacer una lista de amigos, vecinos, conocidos, personas a las que podés llegar a través de otras, y vas a ver cómo aparecen. No te faltan contactos, te falta encontrar una manera de llegar a ellos con la que te sientas cómoda.

No tenés zapatos presentables… Fernández, ¿podrías buscar una excusa más inteligente? Por favor… ¿Quién te va a mirar los pies, si te das permiso para brillar?

No entendés cómo funcionan las redes sociales… Buscá ayuda, investigá, tené paciencia para entender. O no las uses más. O usalas como más te guste, sin hacerte rollo sobre cómo deberías usarlas.

No podés… Hasta que no pruebes, no vas a saber si podés. Recordá las veces que pudiste, cómo te sentiste, qué pasó con vos al ver que podías.

No sabés lo suficiente… No tenés el carisma suficiente… No tenés el talento suficiente… ¿Comparada con quién? ¿Qué opinan sobre esto los que te conocen? ¿Cuánto sería “lo suficiente”? ¿Cuándo vas a saber “lo suficiente”? ¿Lo suficiente para qué, para quién?

A veces alcanza con ese análisis para enderezar el rumbo y seguir avanzando. Pero a veces no. Como ahora.

Entonces profundizo, y me empiezo a cuestionar si de verdad quiero lo que digo querer, o es algo que me impongo para no desentonar con el afuera. Con lo que se supone que hay que hacer en este mundo VICA: volátil, incierto, cambiante y ambiguo.

¿Pará qué quiero hacer eso que me digo que quiero hacer, o que tengo que hacer, o eso que pretendo imponerme? Esa es la pregunta del millón. Y sigo insistiendo, sigo incomodándome, hasta que la respuesta aparece y una voz amorosa, la del corazón, me dice:

No te impongas desafíos. No te inventes desafíos.

Dejalos llegar, instalarse y hacerse lugar adentro tuyo hasta que lo ocupen todo y se adueñen de todo. Que hagan lo que quieran con vos, que pongan tu casa patas para arriba, que desacomoden tus horarios y te hagan escribir a las 4 de la mañana, o acostarte al amanecer, o bailar al son de una música imaginaria en una habitación a oscuras antes de irte a dormir. Dejalos madurar como una fruta al sol, no los arranques verdes. Cuando hiciste eso, funcionó. Cuando el desafío tuvo tiempo de leudar y cocinarse a fuego lento adentro tuyo, funcionó y no te paró nadie, ni vos misma.

Quedate quieta y en silencio, acumulando fuerzas para cuando llegue ese desafío que te quite el aire, que te quite el sueño, que te haga brillar los ojos como si te hubieras enamorado y que te haga decir con vos firme: allá voy, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Allá voy.

Voz dulce y profunda de mi corazón… Cuánta falta me hace escucharte, hoy…