Ser o no ser… intenso

Hay una palabra que se ha puesto de moda para designar a los que se pasan de la raya, o tienen una forma exagerada de reaccionar, o son trasgresores, o son muy histriónicos, o son acelerados, o tienen personalidades avasallantes.

Fulanito es “intenso”. Fulanita es “intensa”.

De repente, el mundo se ha llenado de personas “intensas”, cuando hasta hace un tiempo lo único intenso era el olor a café recién molido, o un perfume francés, o un encuentro cuerpo a cuerpo de esos que te dejan sin aliento y con las piernas flojitas.

Nadie sabe muy bien lo que quiere decir ser “intenso”, pero la palabra es un comodín que encaja a la perfección cuando no se quiere decir lo que realmente se piensa, o cuando decirlo sería una descortesía… o casi un acto suicida.

Para donde uno mire, hay alguien “intenso”. Y en la nebulosa de la “intensidad”, en el mismo lodo y todos manoseados como diría Discépolo, podemos encontrar cualidades que antes tenían nombres definidos, que no dejaban lugar a ninguna duda.

Hoy, en cambio…

No tenés un carácter de mierda; sos “intenso”.

No sos denso, pesado, machacón, picaseso, imbancable; sos “intenso”

No sos un celoso patológico; sos “intenso”.

No sos caprichoso; sos “intenso”.

No sos un maniático insoportable de la limpieza, del orden, de la comida naturista, de la ecología, del deporte o de lo que sea; sos “intenso”.

Es “intenso” el que se levanta a las seis de la mañana con las energías de un huracán y pone la música a todo volumen, baila zumba, se toma un licuado de pepino, palta, manzana y perejil, se come seis huevos fritos y después se da una ducha helada.

Es “intenso” el que quiere hacer el amor tres veces por día, todos los días.

Es “intenso” el controlador, que no le pierde pisada ni al gato y pretende que todos hagan su voluntad.

Es “intenso” el que ante la menor provocación responde puteándote de arriba abajo.

¿De dónde salió tanta intensidad?

Creo, se me ocurre, que salió de las ganas de ser glamorosos, o de estar al lado de alguien glamoroso. Es que no es lo mismo decir que alguien es “intennnnnso” así, estirando la n, entrecerrando los ojos y poniendo voz de radioteatro, que decir entre dientes “es un hinchapelotas”. El “intenso”, gracias a los múltiples significados que puede tener ese adjetivo, se convierte en alguien interesante, rodeado por un halo de misterio. ¡Y de glamour!

Decirle a alguien que es “intenso” es como regalarle cinco minutos de fama… aunque más no sea entre los vecinos del barrio.  El “intenso” se agranda cuando le dicen así, se siente importante, único. El más mejor. Es una palabra adictiva, y para que se la sigan diciendo busca superarse a sí mismo, y ser todavía más intenso.

Pero no todos los intensos, son tan intensos. Los hay moderados, y hasta hay algunos adorables por su entusiasmo contagioso, su optimismo, su alegría de vivir, su vocación de servicio, sus ideales, sus utopías, su pasión para hacer realidad sus sueños. Conozco unos cuantos, y los amo.

Y también estamos los intensos de incógnito. Los que huimos del exceso en todas sus formas. Los que andamos por la vida silbando bajito, disfrutando pisar hojas secas y escuchando el canto de los pájaros. Los que ponemos paños fríos, curitas, vendajes, en cuerpos y almas machucados, en lugar de andar machucando a los demás con nuestra “intensidad”. Los que andamos en puntas de pie cuando el otro necesita descansar, y velamos su sueño. Los que no necesitamos controlar a nadie, ni competir con nadie, ni ser mejores que nadie, ni sentirnos distintos o especiales.

Los que somos intensamente felices, amamos intensamente y nos entregamos intensamente sin hacer ruido.

Los que a nuestra manera también somos intensos como un perfume francés, o como el olor a café recién molido… pero casi nadie se da cuenta.