Elegir para crecer

Mi relación con Netflix es voluble: a veces pasan meses sin que mire nada, pero cuando me engancho con algo soy capaz de ver dos o tres capítulos juntos. Y eso me pasó con una serie que terminé de ver hace unos días. Shtisel.

La acción transcurre en Israel, en un barrio de judíos ultraortodoxos. Cuando me la recomendó mi hermana, me ganó la curiosidad por una cultura que conozco sólo de oídas. Pero enseguida me atrapó la sutileza de las interpretaciones, con miradas, gestos, posturas, que dicen lo que los labios no pueden decir… o eligen callar.

Asi que me dispuse a observar otro mundo, otras circunstancias, sin juicios, sin críticas. Sólo observar. Algo que a veces no es sencillo, cuando las diferencias son grandes. O cuando olvidamos que más allá de las diferencias, tenemos muchas cosas que nos unen por el simple hecho de ser humanos.

Los Shtisel son judíos ultraortodoxos. El padre, Shulem Shtisel, es rabino, viudo, y cuando comienza la historia está a punto de jubilarse en la escuela donde da clases. A la hija mayor, Giti, la abandona el marido, dejándola sola con cinco niños. El hijo menor, Akiva, es maestro pero tiene una vocación que lo distrae de sus obligaciones: la pintura.

Akiva es adorablemente despistado y a su manera, inconformista, y hasta el último capítulo se debate entre lo que quiere hacer y lo que debe hacer. Su entorno le es hostil: en una comunidad tan apegada a las tradiciones como la suya, ser artista no está bien visto. Pero hay extraños que validan su talento y lo apoyan. Finalmente, elige ser él mismo pese a las consecuencias personales y al dolor que le ocasionará al padre.

¿Te suena la historia? A mí, sí…

Tarde o temprano, cuando el peso del mandato familiar, o social, se vuelve agobiante, algunos se animan a patear el tablero. Ha ocurrido siempre, en todas las épocas y en todas las culturas; pasa en las mejores familias. Y los que eligen desafiar esas ideas que los limitan, que no les permiten crecer, saben que habrá un costo que pagar por animarse a pensar o actuar diferente.

Y en ese sentido, da lo mismo que quien patea el tablero sea un judío ultraortodoxo que decide ser artista, o un abogado exitoso de Buenos Aires que abandona su profesión para instalarse en las sierras a cultivar peperina. Más allá de la cultura en que está inmerso cada uno, lo determinante no es el mandato en sí mismo: es el peso del mandato, del “debe ser”.

“Debo ser humilde, puro y casto”, puede ser tan pesado y difícil de cumplir como “debo ser exitoso y glamoroso”.  “Debo casarme y tener hijos”, puede ser tan pesado y difícil de cumplir como “debo ser una mujer independiente”. “Debo ser el mejor”, puede ser tan pesado y difícil de cumplir como “no debo sobresalir”.

Y esto es porque el “deber ser” atenta contra nuestra libertad de elegir, una libertad que implica hacernos cargo de nuestras decisiones y ser responsables de nuestra propia vida. Los mandatos, en sí mismos, no son buenos ni malos, pero como todos los pensamientos necesitan ser revisados cada tanto. Si el mandato me sirve, me hace feliz, me lo apropio y lo convierto en una elección consciente. Pero si no me sirve ni me hace feliz, puedo elegir pensar o actuar de otra manera.   

¿Soy una madre amorosa porque “debo” ser así, o porque lo elijo? ¿Soy puntual porque “debo“ ser puntual, o porque lo elijo? ¿No consumo drogas porque “no debo”, o porque pudiendo acceder a ellas elijo no consumir? ¿Soy fiel porque “debo” ser fiel, o porque aun teniendo oportunidades para ser infiel, elijo ser fiel?

El “debo ser” viene de afuera.

El “elijo ser”, nace adentro mío. Cuando elijo, el poder está en mí, y el único responsable de los resultados soy yo. Elegir tiene un costo, y a veces es alto… pero vale la pena pagarlo para crecer, para ser más libres y más felices.