Desapego

Entre el 31 de diciembre de 2018 y el 1 de enero de 2019, ahí, en ese minuto colgado del almanaque en el que levantamos la copa para brindar, terminé de entender el significado de la palabra desapego.

El 31, como siempre hacemos desde hace cuatro años, fuimos con mi hermana a cenar con mamá y los abuelos en el geriátrico; faltaba mi hija, que estaba en Ushuaia. Los viejitos cenan temprano, así que a las 20 estábamos de vuelta. Después cené liviano con mi hermana, que se caía de sueño porque había trabajado todo el día y se fue a dormir apenas pasadas las 23. Como las dos estamos más allá de las convenciones sociales, el brindis quedó para el día siguiente.   

Y me quedé sola conmigo misma. Lo de sola es una manera de decir: físicamente estaba sola, no había nadie en la casa, pero me sentía rodeada de amor, de gente querida.

Y entonces, en el tiempo que faltaba para terminar el año, volví a hacer mi balance del 2018, de todo lo bueno que viví, y me dediqué a agradecer el cariño, las risas, los abrazos, los aprendizajes y todo lo compartido con tantas personas: la familia de sangre y del corazón, los viejos amigos, los nuevos, los alumnos de la ECOA, los compañeros de equipos, y a bendecirlos a todos, los que están cerca, los que están lejos, los que por alguna razón decidí que es mejor que estén lejos, los que ya no están, los vecinos, los amores de cuatro patas…

Y las bendiciones se fueron extendiendo como las ondas que se producen en el agua cuando tiramos una piedra, hasta abarcar a toda la humanidad.

Y me convertí en gratitud. Y fui bendiciones. Y fui paz. Y fui aceptación. No extrañaba a nadie, no necesitaba estar con nadie, porque mi corazón estaba tan lleno de amor, tan lleno, que no me hacía falta nada más.

A las 12, salí a la galería y brindé con mis perras. Estaban felices mis negras bonitas, como si entendieran… Y brindé por todos los que quiero y me quieren.

Por primera vez en muchos, muchos años, no hubo lágrimas contenidas por los que no están, no hubo ausencias que duelen ni lugares vacíos.

Y entendí que eso era el desapego. Pero no fue un entendimiento racional, no. Lo viví, lo sentí en el cuerpo, en el alma.
Dejar que las piezas se acomoden solas, y amigarse con la incertidumbre.
Vivir la perfección del momento que se basta a sí mismo para ser perfecto.
Ser consciente plenamente del presente, aquí y ahora, sin lamentarse por lo que no fue y sin expectativas sobre lo que vendrá.
Amar desde el amor, no desde la necesidad del otro.

Amar con todo el corazón, con la libertad como único lazo entre el otro y yo.