Los caminos de la vida

Hoy me desperté pensando en la vida. En cómo la transitamos. En cómo elegimos, o no, transitarla. En cuánto y hasta dónde podemos elegir, y cuánto hay de sorpresa, o de inevitable.

Es inevitable, por ejemplo, morirse. En algún momento nos vamos a morir.

Supongamos que la vida es un camino y que al final, está la muerte. Paradita al final te está esperando ella, la Parca, con su capucha y su guadaña afilada. Terrible. Deprimente… Pero una verdad irrefutable.

Tenemos la certeza de que en algún momento nos vamos a morir. Pero no sabemos cuándo.

Porque puede que la Parca esté a 10.000 kilómetros, y que llegues con el motor fundido y la última gotita de nafta en el tanque… pero también puede ser que esté a la vuelta de la esquina. Al final del camino lo decide ella, no vos. Y yo tampoco, y eso nos hermana, de alguna manera.

Si todavía te quedan ganas de leer, seguí leyendo.

Supongamos, te decía, que la vida es un camino. Y que vos creés que podés elegir las condiciones del camino. Lamento decirte que no. O que a veces sí, y a veces no. Y que aunque vos elijas ir por una autopista, de repente la autopista se te va a convertir en un camino angosto de montaña sin que lo puedas evitar. O un sendero muy escarpado. O a la vuelta de una curva te vas a encontrar con un río sin puentes y vas a tener que esperar que alguien venga en un bote y te cruce hasta el otro lado. Eso sí, en el bote no vas a poder cargar el Audi espectacular cero kilómetro con el que venías a mil por la autopista. Vas a tener que subir con lo puesto, nomás. Es que así es el camino. Imprevisible.

Supongamos que vos no querés sorpresas y buscás la ruta más segura. Y la encontrás. Es una autovía de diez carriles (de ida, nomás, porque en la vida no hay vuelta atrás, acordate), totalmente iluminada, el asfalto una mesa de billar, lisito… Te subís al Audi, te ponés el cinturón de seguridad, verificás que todo esté en orden, y allá vas. Respetás los límites de velocidad, porque sos un conductor consciente. Nada de locuras. Música, buena compañía, el viaje perfecto. Y de repente, niebla. Mucha niebla. O una tormenta de tierra. Y no ves un carajo, y te estampás contra el camión que iba adelante tuyo. Y recién ahí, si zafás, descubrís que hay cosas que no elegís y que no podés controlar. Descubrís que nunca, nunca en tu vida, vas a estar cien por ciento seguro de nada, hagas lo que hagas.

Supongamos que no hay niebla ni tormenta de tierra. Supongamos que sos hombre y te gustan las mujeres, porque si nos metemos en cuestiones de género la escritura se me complica; imagínate a los personajes con el género que más te guste, el género no importa porque estupideces hacemos todos. Supongamos, decía, que vas devorando kilómetros de lo más feliz, y que te detenés a cargar combustible, ir al baño, comer algo, esas cosas que uno hace cuando viaja. Pero sucede que mientras vos estabas haciendo esas cosas, tu compañera de ruta se fija en un melenudo que está parado al lado de una camioneta destartalada, el tipo le hace señas con la cabeza, y la mujer de tu vida se baja del Audi, se sube a la camioneta, y justo cuando vos estás volviendo al auto ves que te saluda por la ventanilla y se va. O por ahí, ni te saluda, se va nomás.

Pero, ¿cómo puede ser?, te preguntás.  Si venía de lo más cómoda en un Audi, cómo se va a ir con el melenudo de la camioneta destartalada. Vos estás limpito, olés a perfume francés, y ella se va con ese melenudo que seguro tiene olor a chivo. ¡Está loca, esta mina! No señor, esto no va a quedar así. Te subís al Audi, ponés primera, ruge el motor y allá vas, dispuesto a recuperar lo que es tuyo. Y a recuperarlo como sea. Pasás la camioneta y te le cruzás adelante, y frenás. Los frenos de la camioneta, lamento decirte, no funcionan como los del Audi, así que te llevan puesto, la camioneta da varios tumbos y terminan todos enyesados en la terapia intensiva de un hospital. Y encima, ¡ella ahora te odia! ¡Ella está sufriendo por el melenudo, no por vos!

Entonces, con mucho dolor (porque te duele todo, el cuerpo y el alma) descubrís que nunca, nunca en tu vida, vas a poder controlar a nadie, hagas lo que hagas. Y que a veces el premio se lo lleva otro, aunque a vos te parezca que no lo merece y vos sí te lo merecés.

Y así vas por el camino de la vida, descubriendo cosas. Aprendiendo cosas. Algunas las aprendés con dolor, otras con placer y alegría.

Hasta que, en algún momento, bajás un cambio y empezás a mirar el camino con otros ojos, y empezás a prestarle atención a lo que el camino tiene para darte. Observás las flores que crecen al costado, las piedras, los árboles. Observás a los que viajan con vos en el mismo auto, a los que van en colectivo, en moto, en bicicleta, caminando. Y seguís descubriendo y aprendiendo cosas. Aprendiendo de todo, y de todos.

Ahora ya sabés que la autopista se puede convertir en un camino de ripio, y que podés encontrar ríos que te corten el paso. Ya lo sabés y te relajás, te entregás a la experiencia de enfrentar lo desconocido, lo incierto.

Hasta que un día hacés una mala maniobra y quedás empantanado. Metido en el medio del barro. Y no podés avanzar. Entonces te olvidás de todo lo aprendido y empezás a quejarte de lo que te está pasando y a echarle la culpa a los que deberían mantener el camino en condiciones. O te enojás con vos por haberte comprado un Audi en lugar de una 4X4. Hasta que descubrís que pensar así no te sirve para salir del barro, y empezás a pensar qué podrías hacer para cambiar esa realidad. Probás poniendo ramas y piedritas debajo de las ruedas, pero no hay caso, el barro parece chocolate líquido y el auto se entierra cada vez más.

¿No se te ocurrió pedir ayuda?  Mirá a tu alrededor, allá lejos hay un tractor, están arando un campo… ¿Pedir ayuda? ¡No, yo puedo solo, yo soy fuerte, ayuda piden los débiles! En fin, vos te lo buscás. Reventá como un sapo (eso decía siempre mi mamá) tratando de mover el auto, si eso te hace feliz…

 

Resumiendo: podemos elegir hacia dónde queremos ir, con quiénes y a qué velocidad, pero el estado del camino está fuera de nuestro control. No sabemos cuándo va a llover, cuando se termina la autopista y empieza el ripio. No hay certezas de bienestar permanente.

Lo que sí podemos elegir es qué hacer con lo que nos toca. Cómo transitar el camino. Cómo mejorarlo, embellecerlo, cuidarlo, para mí y para el otro, para el que va conmigo o el que viene atrás. Podemos elegir caminar solos o juntarnos con los otros y construir puentes, paradores, lugares donde reponerse y descansar.

En algunas partes del camino el dolor es inevitable, pero podemos elegir, no sin esfuerzo, cómo transitar ese dolor. Y también podemos elegir cómo construir la felicidad, cómo construir (en lo que nos toca) nuestras relaciones; podemos elegir qué hacer, qué decir y cómo hacerlo y decirlo.

Porque la vida no es un callejón sin salida: al final del camino, está la Parca, sí, pero no es un callejón sin salida. No estamos atrapados y no estamos solos, tenemos opciones, posibilidades, senderos alternativos para explorar, mucho para disfrutar y mucho para aprender antes de soltar el último suspiro, y antes de recibir el último adiós.

Y sabiendo lo que nos espera al final… No sé vos qué vas a hacer, pero yo elijo caminar en paz, y amar, amar mucho, y dar lo mejor de mí. Elijo valorar cada regalo de la vida, por más chiquito que sea. Elijo apreciar la grandeza del otro, ver su potencial, creerlo capaz de superarse. Elijo la esperanza. Elijo agradecer y retribuir, porque sé lo que valen, los abrazos, las palabras de aliento y las muestras de cariño que recibo.

Y elijo caminar en lugar de correr. El Audi es muy cómodo, pero sé que a pie descubro cosas que si fuera más rápido, no vería. La flor al costado del camino. Una mirada, un gesto. Elijo ir al encuentro de la Parca a paso lento, maravillándome ante el misterio de las cosas simples, de lo que parece insignificante.

Elijo vivir con curiosidad, con ganas de aprender. Y elijo aprender para vivir mejor.