Política, crisis y cambios

¡Crisis! Despidos, ajustes, corridas bancarias, incertidumbre, angustia. ¡Crisis! Una más, y van… ya perdí la cuenta de cuántas van, en mis 58 años de vida.

Pero después de la tormenta, sale el sol. Siempre. Y de todo podemos aprender. De las crisis también. Entonces, abramos la cabeza y aprendamos.

Podríamos empezar por salir de la caja y meternos, aunque sea con la imaginación, en las cajas de los otros, para tratar de ver cómo es vivir ahí, respirar ahí, moverse ahí. Meterse en la caja del que no le tiene miedo a nada, y en la del que tiene miedo de perder lo que tiene. Meterse en la caja del jubilado que no llega a fin de mes, en la del avaro y en la del solidario, en la del licenciado y en la del ignorante. En la del artista callejero, en la del artesano, en la del campesino. En la del millonario y en la del indigente. Tocar las paredes, aspirar para ver a qué huelen las cajas de los otros. ¿Huelen a impotencia, a tristeza, a dolor, a tranquilidad, a satisfacción, a entusiasmo, a prejuicio, a pasión, a soledad? ¿A qué huelen?

Y después, romper todas las cajas y quedarse a la intemperie. Desnudos y vacíos. Sin los límites de la caja, y sin sus paredes que a veces protegen, y a veces asfixian. Y pensar.

¿Por qué es necesario salir de la caja? Porque mientras sigamos encerrados adentro vamos a tener las mismas ideas de siempre, y vamos a seguir tropezando con las mismas piedras de siempre.

Seguro que hay otra manera de hacer las cosas.

Seguro que hay otra manera de hacer política, de gobernar, que todavía no supimos inventar. Seguro que hay más que este ir y venir, hamacándonos al borde del precipicio entre la izquierda y la derecha, entre los líderes omnipotentes y la falta de líderes, atando con alambre o pegando con tela adhesiva, como si esas fueran las únicas opciones posibles. Importando modelos exitosos allá, pero que acá hacen agua por todas partes. Y lo que es peor: importando modelos que fracasaron allá, con la ilusión ilusa de que acá van a funcionar…

Seguro que hay más. Pensemos, salgamos de la caja y pensemos. Algo se nos tiene que ocurrir, una nueva forma de hacer política que nos sirva acá, que pueda enraizar en nuestro terreno, que sea como un tala, un espinillo. Que nos sirva a todos, de norte a sur y de oeste a este, a toda la gente de este país inmenso, generoso y complejo. Una nueva forma de hacer política que no esté en ningún manual, porque las ideas de manual vienen con olor a letra muerta; las sociedades y los tiempos en que fueron concebidas ya no existen, el mundo cambió, cambiamos los hombres y las mujeres…

Cambió hasta la manera de cambiar, hasta la velocidad con que se suceden los cambios cambió. Y todavía seguimos discutiendo sobre qué es mejor, si el comunismo, el liberalismo, el peronismo…  Marx se murió, Perón también, Adam Smith está recontramuerto. Y nosotros estamos vivos hoy, ahora, y  necesitamos encontrarnos con el otro, pero seguimos profundizando la grieta llevados de la nariz por los soberbios (o necios) que no escuchan más voz que la propia, y por los agitadores de barricada.

Ya no nos alcanza con los ideales, con las buenas intenciones, con perseguir la utopía ni con denunciar la injusticia. Necesitamos puentes, necesitamos redes humanas que conecten los proyectos con el capital para hacerlos realidad, el hambre con la comida, las ganas de dar con la urgencia de recibir. Necesitamos redes humanas atentas, para que podamos proteger a los más vulnerables sin que se nos pierda la ayuda en el camino y sin que algún vivo se quede con lo que no le corresponde.

No podemos seguir concibiendo la política como un partido de fútbol en el que todo vale con tal de llevarse la copa a casa. En el tira y afloje nos desgastamos todos, y de alguna manera, perdemos todos. Basta de “estrategas” de biblioteca que nunca estuvieron en una guerra pero se creen Napoleón. Basta de mesiánicos por los que sus seguidores darían la vida. Basta de guardianes de la moral hipócritas, que se llenan la boca de valores recitados de memoria como la tabla del 2, en piloto automático. Basta de salvadores de la patria que no llegan ni a Chapulín Colorado.  No quiero que me salven. Quiero que busquemos la manera de crecer juntos, y de ganar todos. Que podamos construir nuestra autonomía, nuestra felicidad, y ayudar a otros a construirlas. Necesitamos ideas nuevas. A estrenar. Salgamos de la caja, y pensemos.

Y mientras pensamos, que nada ni nadie nos mate la esperanza, las ganas de  honrar el desafío de estar vivos. No le demos a nada ni a nadie ese poder. Ni a la crisis, ni al precio del dólar, ni a los gobernantes de turno, ni a la oposición, ni a los periodistas, ni a los que piensan igual o a los que piensan distinto.

En “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frankl escribió: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino.”  Si cuando estaba preso en un campo de concentración él pudo ejercer esa libertad de elegir su actitud, nosotros podemos. Vos y yo, podemos.

No bajemos los brazos. Que nada ni nadie consiga que le vendamos el alma al diablo por un pedazo de pan, ni por un millón de dólares. No se trata del precio, ni de considerar si está bien o está mal venderla. El problema es que si la vendemos, nos quedamos sin alma.