Feliz día del trabajador

De mis padres aprendí el orgullo y la satisfacción por el trabajo bien hecho. Y lo aprendí viéndolos trabajar y enseñar a otros a trabajar.
Mis viejos fabricaban zapatos pensando en las personas que los usarían, en lo que les costaba comprarlos y en lo que les deberían durar en buen estado. Debían ser zapatos bonitos por fuera y cómodos por dentro, sin rebordes que maltrataran el pie; resistentes, prácticos, hechos con materiales de calidad y terminados con esmero. Zapatos para andar, para caminar mucho.
Durante los años que hicieron zapatos de mujer, en cada cambio de temporada se llegaba hasta Unquillo el “Sordo” Marcelo Dinardi, el modelista, que venía de Buenos Aires. Se alojaba en casa porque era amigo de la familia, y trabajaba sin horarios durante dos o tres días completos. El “Sordo” era un artista, y era un placer verlo dibujar los modelos nuevos con un trazo de lápiz limpio, elegante, para después hacer los moldes de papel, cortar las piezas de cuero y armar las muestras. Impecables. Bellas. Sus moldes eran perfectos, en tiempos en que no había programas de computadora para trabajar a escala ni nada parecido.
Cuando aprendí a coser y empecé a hacerme la ropa, ya tenía incorporada la alegría de ver algo bien hecho salido de mis manos. Una puntada saltada puede pasar desapercibida… pero marca un punto débil por el que la costura se puede romper. Hay que rematar las costuras al principio y al final, para que no queden hilos sueltos. Y coser dejando el margen exacto: si me voy muy a la orilla, la costura se zafa o la tela se rasga.
La satisfacción del trabajo bien hecho me llevó a coser vestidos de fiesta, y hasta uno de novia, que se podían lavar en el lavarropas sin que se les zafara una puntada. Se va a gastar la tela, se va a desteñir… ¡pero las costuras no se van a romper!

¿A qué viene esto? A que hoy, 1 de mayo, me puse a pensar en que siempre hablamos de los derechos del trabajador: el salario digno, la jornada laboral, las vacaciones, la obra social, la estabilidad, y está bien hablar de todo eso, por supuesto, y reclamar por lo que falta… pero también estaría bueno hablar de otras cosas. De la satisfacción del trabajo bien hecho, por ejemplo. De la diferencia entre hacer las cosas por obligación y hacerlas con amor. De la importancia de sentirnos útiles.
Porque cuando hacemos las cosas con amor y nos sentimos útiles, nuestra relación con el trabajo cambia.
Qué maravilloso trabajo el del albañil que construye las casas donde vive la gente, donde sueña la gente, donde se refugia la gente.
Qué maravilloso trabajo el del carpintero que fabrica la cama donde dormirá un niño, una pareja, la mesa donde se compartirán los tallarines o el asado con la familia, los amigos.
Qué maravilloso trabajo el del maestro que despierta la curiosidad de sus alumnos.
Qué maravilloso trabajo el del médico que contiene al enfermo, curando su cuerpo y cuidando su alma, y que cuando no lo puede curar lo acompaña en la aceptación de la muerte.
Qué maravilloso trabajo el del abogado que defiende la justicia.
Qué maravilloso trabajo el del empleado de comercio que atiende al cliente con una sonrisa y lo guía para que pueda hacer la mejor elección posible.
Qué maravillosos todos los trabajos, cuando se los hace con amor.
Porque uno puede hacer lo que ama… o amar lo que hace. Amar lo que uno hace es una elección, de la que dependerá nuestra actitud: si yo me considero útil, si considero que mi trabajo es importante para los demás y lo hago con amor, eso me valida como trabajador y como persona.
Y cuando agradezco el trabajo del otro, lo estoy validando como trabajador y como persona. Qué gusto entrar al baño en la terminal de ómnibus y que esté limpio. ¿Cómo puedo agradecerle a la persona que lo limpia? Puedo dejarle una propina… y colaborar ensuciando menos. Si en mi casa no hago cochinadas en el baño, ¿por qué hacerlas en un baño público? Reconocer la importancia y la utilidad del trabajo del otro y colaborar en lo que nos sea posible para hacérselo más llevadero, es una manera de respetarlo.

Hace unos días, en la esquina de mi casa me encontré con un muchacho que solía trabajar repartiendo bidones de agua mineral. Era de lo más simpático, siempre con una sonrisa y una frase amable. Por lo visto había cambiado de trabajo, porque estaba barriendo la calle con una cuadrilla de empleados municipales. Lo saludé como siempre que me lo encuentro, y me respondió con la misma sonrisa de siempre. Su actitud, su buena disposición, no habían cambiado: seguía siendo tan entusiasta y voluntarioso como cuando acarreaba bidones de agua.
¿Qué pensará, qué soñará ese muchacho? ¿Cuál será su trabajo ideal? No sé si él se lo pregunta, pero sí sé que con su actitud positiva cualquier tarea que haga le será más llevadera. Tal vez no pueda hacer lo que gustaría… pero se las va a ingeniar para que le guste lo que hace.