Regalar poesías II

A veces nos cuesta encontrar las mejores palabras para expresarnos o comunicarnos. Por eso, entre otras cosas, es que compartimos en las redes sociales tantos cartelitos con frases filosóficas, o de amor, o de motivación, o de humor: no son nuestras, pero dicen lo que pensamos o sentimos.
O “plagiamos” a algún poeta. Ahora ya no es común, pero en sus buenos tiempos las rimas de Becquer, o los 20 poemas de amor de Pablo Neruda, fueron plagiados hasta el cansancio por enamorados que los usaban como propios.
A veces nos cuesta encontrar las palabras exactas porque no las tenemos; otras veces nos cuesta porque no nos salen, porque se nos quedan atravesadas en la garganta por orgullo, por miedo, por timidez…
Pero cuando encontramos LAS PALABRAS, esas que nos hacían falta para expresar lo que sentimos o pensamos, se nos abre el cielo y el suspiro del alma nos sale por todos los poros.
Los que escribimos, lo sabemos porque lo vivimos cada vez que al releer transitamos el texto sin tropiezos y nos suena como una sinfonía, con cada nota en su lugar, y cada vez que nos desvelamos hasta el amanecer persiguiendo un verbo, un adjetivo, que tenga el matiz justo (ni de más, ni de menos) para engarzarlo en la frase como si fuera un diamante.
El poder de las palabras. El compromiso y la satisfacción de que, tal vez, le sirvan a otro para expresar lo que quiere decir y no puede.

Por eso es que cada vez que alguien se para frente a mi puesto en la Feria de Microemprendedores de Río Ceballos (en el que vendo mi libro, Manual de instrucciones para recién separadas) y se anima a leer completa una de mis tarjetas artesanales, siento que se produce un pequeño milagro. Por empezar, no a todo el mundo le interesa leer poesías, aunque sean cortitas y sencillas. Hay muchos que pasan de largo sin ver. No las ven. Uno ve lo que quiere, o lo que puede ver, y hay personas que nos las registran, de la misma manera que yo no registro muchísimas cosas que veo porque no me interesan.

Entonces, el primer milagro es que las miren y las vean. Las registren. El segundo, es que se acerquen más y empiecen a leer. Ahí los saludo y los invito a levantar las tarjetas, para que las puedan leer completas.
Algunos agradecen, pero no las leen. Otros sacan una, la leen, la dejan, sacan otra, la leen, las mezclan, después dicen “muy lindas”, y se van. Otros las leen y se quedan en silencio, pensando, o dicen: “¡qué hermoso!”, hasta que eligen una (o dos, o tres) y las compran. ¡Magnífico! Encontraron las palabras que les hacían falta, o que les tocaron el corazón, y se las llevan, y yo se las vendo con todo mi amor, feliz de que se las lleven.
Pero hay otros que levantan la tarjeta con delicadeza, casi con respeto, y leen con una sonrisa o serios… y cuando terminan, se les llenan los ojos de lágrimas. Ahí, ahí, está el poder de las palabras en todo su esplendor: han llegado a lo más profundo del corazón, han tocado sentimientos, recuerdos, alegrías o dolores dormidos, o guardados celosamente, o tal vez negados, sin que la persona lo pueda evitar.
Es muy fuerte presenciar esa emoción, porque siento como si de alguna manera yo también, junto con las palabras, me estuviera metiendo en el alma de esas personas.
Recuerdo una parejita. Muy jóvenes, unos veinte años. Él, serio; ella con cara de aburrida. Se pararon frente al puesto, él empezó a leer y ella miraba para otro lado. Él eligió una poesía: “Mañana”, me la pagó, se la entregué… y sin decir nada, ni hacer ningún gesto (un beso, una sonrisa, nada) se la dio a ella, se la tendió con esa torpeza del hombre que no sabe ser tierno. Ella la tomó con la misma expresión aburrida que tenía antes. Me conmovió tanto ese gesto del muchachito, regalar una poesía, que no pude evitar decirles: “¡Qué dulce, cuidalo, hombres así no quedan muchos!”
Por ahí, el chico no era dulce para nada. Por ahí, estaban enojados y él quiso romper el hielo regalándole una tarjeta. No sé. Sólo puedo recordar la carita seria, grave, de él, leyendo las poesías, y la cara de aburrida de ella. Y creo que un chico que se para a leer poesías, y que elige una, no puede ser tan malo.
Otra reacción, muy distinta. Eran dos parejitas: ellas se pusieron a leer las poesías y los chicos a esperar que terminaran. Una de las chicas, muy entusiasmada, le dijo a su novio: “Me gusta esta, ¿me la regalás?”, y él se hizo el desentendido. Ni siquiera miró la tarjeta. La chica no insistió, y siguieron su recorrido. Y me quedé triste por el ninguneo del muchacho; no le dijo que no tenía plata (la única razón que me parece lógica para no comprar una tarjeta que cuesta lo mismo que un alfajor), simplemente ignoró el pedido, que fue una manera de ignorarla a ella.
Parece mentira, pero atendiendo un puesto en una feria de microemprendedores uno puede llegar a hacer verdaderos estudios sociológicos sobre el comportamiento humano…

 

Continuará.