El miedo manda

El hambre desayuna miedo
y el miedo al silencio aturde las calles.
El miedo amenaza.
Si usted ama tendrá sida.
Si fuma tendrá cáncer.
Si respira tendrá contaminación.
Si bebe tendrá accidentes.
Si come tendrá colesterol.
Si habla tendrá desempleo.
Si camina tendrá violencia.
Si piensa tendrá angustia.
Si duda tendrá locura.
Si siente tendrá soledad.
(Eduardo Galeano)
 
 
Cuando iba al colegio secundario, como teníamos clases en edificio prestado entrábamos  después que terminaba el turno de la tarde de la primaria y salíamos a las diez y media de la noche. Mis compañeros se volvían a su casa el colectivo, pero a mí me fueron a buscar en auto hasta que terminé quinto año. A mí, y a tres compañeras más; nuestros papás se turnaban para ir un día a la semana cada uno. No sé si lo hacían por miedo, o para que llegáramos más rápido a casa. Nunca lo pregunté, nunca me lo dijeron. Supongo que era por comodidad de ellos y nuestra. Papá y mamá trataban de darnos a mí y a mi hermana lo que no habían tenido de chicos: no querían que pasáramos frío, que nos cansáramos en exceso, ni que corriéramos riesgos.
Pero a mí no me gustaba sentirme tan protegida, y me daba algo así como vergüenza eso de volverme en auto cuando los demás volvían en colectivo.
En cambio Miriam, una de mis compañeras que también vivía en Unquillo, no sólo se volvía en colectivo sino que para llegar a su casa tenía que caminar muchísimas cuadras a las 11 de la noche, una hora en la que no se cruzaba ni un perro. Para cortar camino, se metía por un senderito que atravesaba lo que por ese entonces era puro monte. Con lluvia, con frío, iluminada sólo por la luz de la luna Miriam caminaba hasta su casa sin ningún temor, como si fuera pleno día.
Las dos éramos asmáticas. De chica yo nunca hice gimnasia, y en la secundaria me llevé a rendir Educación Física en primer año porque falté un trimestre entero a las clases. Como justificativo, papá me había hecho hacer un certificado médico que decía: “Se muestra agitada y taquicárdica al menor esfuerzo”. Miriam, en cambio, jugaba vóley, handball y se destacaba en atletismo. Y mientras yo en invierno era un atado de mocos, ella tenía una salud envidiable.
Yo no viajo casi nunca, y viajar me estresa. Miriam se calza la mochila y se va a Machu Pichu, a la selva, a lugares salvajes, como si se tomara el colectivo para ir a Córdoba.
Mirian no tiene miedo. Yo lucho contra el miedo, pero a veces, como bien lo dijo Eduardo Galeano, el miedo manda, y gana.
 
El miedo de los padres es el peor de los miedos, porque condiciona a los hijos.
Como lo viví en carne propia, decidí no trasmitirle a mi hija ninguno de mis miedos y dejarla crecer libre, y jugar, y trepar, y correr, y andar en bicicleta, y hacer todo lo que debe hacer un niño normal.
Sólo yo sé lo que me costó, pero valió la pena: hoy tengo una maestra que me da todos los días cátedra de confianza en sí misma y en los demás, de audacia, de vida.
El mundo visto con sus ojos es ese lugar maravilloso y amigable en el que todos deberíamos vivir. En el que todos podríamos vivir, si no tuviéramos miedo a la inseguridad, a las alturas, a las tormentas, a los bichos, a la gente, a las crisis.  
Mi hija ama los rayos, los truenos, la lluvia, el viento, la nieve, el mar, la montaña y todo lo que tenga olor a riesgo y aventura. Yo veo todo eso a través de sus ojos y lo amo también… pero de lejos, porque de cerca me sigue dando miedo.
Mi hija ama viajar, conocer culturas y personas diferentes, tomarse una copa de vino en una ciudad desconocida, entre gente desconocida, y ponerse a charlar con los mozos del bar. Vive aquí, o allá, hoy y ahora, sin miedo al futuro ni al presente, sin miedo a la escasez ni a la abundancia, sin miedo al qué dirán ni a lo que hacen los demás.
Confía plenamente en su capacidad para hacerle frente a lo que el destino le traiga, y triunfar. Confía en su capacidad para generar dinero, concretar proyectos o cambiar de rumbo si ya no se siente cómoda donde está.
Y creo que el secreto para vencer los miedos es ese: la confianza. En uno, en los otros, en la vida.
Confiar como confía el paracaidista en que su paracaídas se abrirá y lo sostendrá en el aire hasta que toque el suelo. Como confía el trapecista en su compañero de rutina. Como confía el médico en su instrumentista, el niño en sus padres, el creyente en su Dios.
Confiar en que somos de verdad los artífices de nuestro propio destino, aunque haya pruebas y dolores que no podamos evitar.  

Entonces, no se trata de dejar de tener miedo, sino de empezar a confiar.