El que anduvo en la mar…

En estos días, algunos cristianos recuerdan el martirio, la muerte y la resurrección de Cristo peregrinando por las iglesias mientras otros hacen turismo y se atiborran de chocolate sin siquiera un mísero padrenuestro, una mínima reflexión sobre el sentido espiritual de la pascua.
Cada uno aprovecha el feriado pascual como quiere, como puede o como más le gusta, y está bien, porque la fe no es algo que se impone: es algo

que se siente.

Y yo la siento a mi manera. Igual que en “La Saeta”, el poema de Antonio Machado que hizo popular Juan Manuel Serrat y que me sigue poniendo la piel de gallina cada vez que lo escucho, yo tampoco le quiero cantar al Jesús del madero sino al que anduvo en la mar. Ese, el que anduvo en la mar, nos dejó enseñanzas de amor, de ética, que más de 2000 años después siguen teniendo tanta o más vigencia que cuando el vivía porque se las sigue trasgrediendo: seguimos tirando la primera piedra, seguimos siendo injustos, egoístas, vanidosos, seguimos sin comprometernos seriamente con la vida, con la humanidad, con la naturaleza y con nosotros mismos. 
No le quiero cantar al Jesús de la cruz porque creo que a él no le sirven nuestros ritos, nuestros falsos mea culpas, nuestras procesiones. Puede que nos sirvan a nosotros para cobijarnos, para sentirnos acompañados en la lucha diaria o en el sostén de una fe que a veces tambalea, pero a él no, a él no le sirven, porque él, cuando necesitó fortalecer su fe, se fue al desierto solo, y oró, y se encontró consigo mismo en el silencio. Todo lo demás, es invento humano: para acercarse a Dios, para comunicarse con él, no hace falta más que un poco de silencio en cualquier parte, un bosque, un rincón de la casa. Y para sentirlo cerca alcanza con mirar el cielo, los árboles, maravillarnos con cada cosa que nos rodea, sea grande o pequeña, vibrar con sus creaciones y con nuestras creaciones humanas: la música, la poesía, la alegría de estar, o de haber estado alguna vez, con los que amamos. La alegría de estar vivos.
Navidad y Pascua, nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, son para mí fechas de introspección, de intimidad conmigo misma y con mi Dios. Son fechas “fuertes”, que me hacen  pensar y me conmueven. Fechas en las que, además de saborear con pecaminosa gula los huevos de pascua que hace mi amiga Elsa, disfrutar alguna comida especial y brindar con los seres queridos, renuevo la esperanza de un mundo mejor para todos, un mundo sin guerras donde el amor y el respeto se propaguen con la misma rapidez y eficacia que los virus informáticos, un mundo en el que sea más importante SER que TENER. Fechas en las que renuevo la utopía y mi derecho a creer en lo que creo y a sentir lo que siento.
Desde este lugar, desde este creer esperanzado y convencido, es que les deseo a todos unas FELICES PASCUAS y les dejo como obsequio esta reflexión que no es mía, que anda dando vueltas desde hace mucho por internet, pero que refleja las enseñanzas de Jesús, mi querido Jesús, el que anduvo en la mar.  

1. Dios no te preguntará qué modelo de auto usabas…Te preguntará a cuántas personas llevaste.
2. Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa…Te preguntará a cuántos recibiste en ella.
 3. Dios no te preguntará la marca de la ropa que usas…Te preguntará, a cuántos ayudaste a vestirse.
4. Dios no te preguntará cuál era tu sueldo…Te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo.
5. Dios no te preguntará cuál era tu título…Te preguntará si hiciste tu trabajo dando lo mejor de tus capacidades.
6. Dios no te preguntará cuántos amigos tenías…Te preguntará cuántos te consideraban su amigo.
7. Dios no te preguntará en qué lugar vivías…Te preguntará cómo tratabas a tus vecinos.
8. Dios no te preguntará el color de tu piel…Te preguntará si te importó el color de la de los demás.
9. Dios no te preguntará por qué tardaste tanto en buscarle…Te dirá lo feliz que está de que lo hayas hecho.
10. Dios no te preguntará que religión profesabas…Te preguntará Por qué no le abriste tu corazón.