Escribir… ¿y después, qué?

Hasta que publiqué mi primer libro, Manual de Instrucciones para Recién Separadas, jamás se me pasó por la cabeza que además de escribir tendría que aprender marketing, diseño gráfico, relaciones públicas, oratoria… Y que, para contrarrestar la ansiedad que me iba a producir todo eso y conservar aunque más no fuera un mínimo de inspiración, tendría que aprender también a meditar y relajarme.
Como mi percepción sobre los escritores y sus vidas era absurdamente romántica, el primer encontronazo con la realidad fue duro. Les cuento.
Ni bien salió el libro le llevé un ejemplar a la radio a Rebeca Bortoletto, una  importante locutora y periodista de Córdoba a la que admiraba, con la esperanza de que lo leyera y lo comentara en su programa; yo la escuchaba todas las mañanas desde hacía varios años, y me ilusionaba conseguir su atención y su apoyo.
La esperé a la salida para entregárselo en persona; Rebeca me trató muy cordialmente, y a los poquitos días mi sueño se hizo realidad: ¡habló del libro! ¡Y en horario central, por si fuera poco!
Yo estaba eufórica. Gracias al comentario de Rebeca las mujeres harían cola en las librerías para comprar mi libro, que se agotaría en una semana. Ni bien se agotara lo reeditarían, y se convertiría en best seller, y me vendrían a buscar de las grandes editoriales para ofrecerme contratos millonarios. Y como Rebeca había sido mi mecenas, sería invitada de honor en su programa y su audiencia tendría siempre las primicias sobre mi carrera y mi vida.
Pero resulta que pasó una semana, y después un mes, y el libro dejó de estar en las vidrieras… y mis ilusiones de ser best seller se esfumaron, dejándome sumida en el desencanto y la incertidumbre.
¿Cómo podía ser? ¿Dónde estaban las oyentes de Rebeca cuando habló del libro, qué estaban haciendo esas mujeres, por qué no anotaron el nombre para salir a comprarlo urgente? ¿Se estaban bañando? ¿Estaban charlando con la vecina, justo en ese momento? ¿Se habían ido a hacer las compras? ¿Qué m… estaban haciendo, que se perdieron el comentario?
¿Cómo se promocionaba un libro? ¿Qué había que hacer para que la gente lo registrara y decidiera comprarlo?

La duda me ha seguido acompañando hasta el presente, y por si fuera poco, se sumó a la duda la certeza de que con escribir y hacerlo bien, no alcanza.
Escribir es el principio. Después viene lo demás; algunas tareas se pueden delegar para que las haga otro, pero cuando no hay con qué pagar, hay que arremangarse y hacerlas uno mismo. A saber::
Hay que ser carismático y empático, para tener más posibilidades de atraer lectores.
Hay que socializar en Facebook y en Twitter, y escribir bocadillos brillantes y originales.
Hay que tener página web o blog y actualizarlo casi todos los días.
Hay que aprender a diagramar libros digitales y hacer videos de  presentación (book trailer, que le dicen)
Hay que aprender a cobrar por todo aquello que nos insuma tiempo: leer originales ajenos para dar una opinión, dar una charla, dar talleres de escritura.
Hay que aprender a negociar contratos.
Hay que conseguir contactos que nos ayuden a difundir lo que hacemos: periodistas, funcionarios…
Y hay que aprender a optimizar el tiempo para que después de hacer todo lo arriba enunciado nos quede  aunque sea un rato para escribir libros, que en definitiva es lo que mejor sabemos hacer, y lo que más quisiéramos hacer.

Toda esta perorata viene a cuento porque me he pasado días y días sentada frente a la computadora dándole forma al “book trailer” de mi libro, cuando todavía no me había repuesto de los días y días que me pasé sentada frente a la computadora para armar yo solita la portada y corregir detalles de diagramación y edición.
Lo mío es así: artesanal, con mi sello y firma. Cuando no sé algo pregunto, y ni bien me dan la punta del ovillo me pongo a tejer, y tejo, y destejo, hasta que consigo hacer lo que necesito. Si me sale bien, los méritos son míos; si me sale mal, no tengo a quien echarle la culpa y lo más probable es que no pare hasta hacerlo bien.
Ese afán de conseguir la mejor calidad posible cueste lo que cueste me termina llevando a postergar proyectos y acciones. Y lo que es peor, muchas veces me ha pasado que otros concretan antes, desprolijamente y sin tantos melindres, esa idea genial que yo tenía en mente desde hacia años.
Pero con el libro digital decidí terminar con esa mala costumbre y hacerlo ya, aunque no saliera perfecto, aunque no tuviera un arsenal de herramientas on line para promocionarlo.
Al book trailer, también. Y así salió: sui géneris, cien por cien Fernández, igualito a mí.
Pasen y vean…