Autocorrección: leer como un profesional

En “7 trucos para autocorregir y revisar un texto”, que publiqué hace un tiempo largo, esbocé a grandes rasgos algunas pautas elementales pero muy útiles a la hora de pulir cualquier tipo de textos, no sólo los literarios. 

Hoy decidí retomar el tema y desarrollar cada uno de los “7 trucos” para que los puedan comprender mejor y ponerlos en práctica eficazmente. Lo iré haciendo en entregas sucesivas, así no se hace tan largo. 

Aquí va el primero: 
Lee tu escrito como un profesional, sin encariñarte con tus palabras. Todo puede cambiar y mejorar.

¿Qué es eso de “leer como un profesional, sin encariñarte con las palabras“? 
¿Cómo leen los profesionales?
Un profesional lee, ante todo, como si hubiera sido otro quien escribió el texto. Toma distancia, enfría las emociones y no vacila en cambiar algo cuando considera que servirá para mejorar lo que ha escrito. 
Esa frase que nos parecía genial, al leerla con más atención tal vez ya no nos convenza como al principio. ¿Es original, o parece copiada? ¿Es clara? ¿Nos gusta porque evoca algo personal, íntimo, o porque de verdad está bien escrita? 
Un profesional busca la mejor palabra, la más potente, la más musical, la más precisa, sin encapricharse en usar la que más le gusta. Esto se aplica, sobre todo, a los adjetivos y verbos, en los que la gama de matices para designar una misma cualidad o acción es bastante amplia.
Ejemplos: 

Amar, apreciar, querer, estimar, son verbos que se pueden referir al mismo sentimiento, pero con distinto grado de intensidad. Según las circunstancias, quién lo dice, cómo y a quién se lo dice, no es lo mismo “te quiero”, que “te amo”, “te estimo”, o “te aprecio”.

Un amante puede ser ardiente, apasionado, fogoso, febril, impetuoso, desmesurado, implacable, exigente, incansable, arrollador, obsesivo, y unos cuantos adjetivos más de significado parecido. ¿Cómo elegimos el mejor? Viendo como funciona en el contexto, como se combina con las demás palabras: que no se repitan las terminaciones, que la frase se lea con fluidez, y que suene categórico al decirlo junto al sustantivo, que no quede insulso. Y por supuesto, y esto es lo principal, que le agregue peso al sustantivo, que lo complete. 
No es lo mismo un viento ligero, suave o juguetón, que uno huracanado o furioso; no es lo mismo un viento frío, helado, gélido o húmedo que uno cálido, o seco. Cualquiera de esos adjetivos nos da una idea precisa de cómo es el viento. 
Pero si decimos “un viento molesto”, el adjetivo no lo está definiendo, no agrega nada. ¿Por qué es molesto? ¿ Porque es frío, porque es cálido, porque es huracanado? En realidad, el viento en sí mismo es molesto, incomoda: nos despeina, arrastra papeles, hojas de los árboles… 
Otro ejemplo: el adjetivo “lindo”. Una casa “linda”. ¿Linda para quién? ¿Qué es ser “lindo”? No hay como medir la “lindura” de algo, porque lo que es lindo para mí puede no serlo para otros. Entonces lo mejor que podemos hacer es usar algún adjetivo que nos dé una idea más clara de cómo es la casa: grande, imponente, ostentosa, modesta, de dos plantas, colonial, moderna, ruinosa, del siglo XVIII, de estilo inglés, etc.
    
Leer como un profesional requiere práctica, pero como todo en esta vida, se puede aprender. 
¡A practicar, entonces! 
  


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