Libros “manoseados”

Mi querido amigo Ricardo Bada me hace notar que hace mucho que no alimento el blog. Las excusas sobran: el trabajo, el cerebro agotado, los amigos, la familia, las tareas domésticas, impostergables porque las hago cuando ya no las puedo postergar más. Pero como le escribí a Ricardo en un mail, si espero que la inspiración me visite estoy frita, así que aquí vamos y que salga lo que Dios quiera.
Este verano estuve corrigiendo la nueva novela de Cristina Loza, El oso de Karantania, que ya está en la editorial (Emecé). Ya les contaré sobre esa experiencia; hoy prefiero algo más de entrecasa, como para aflojar las neuronas.

Desde que empecé a leer, nunca se me hubiera ocurrido dejar de disfrutar de un libro porque estuviera ajado, o polvoriento. Y como buena rata de biblioteca, no le hago asco a nada: soy capaz de revisar hasta el último rincón de una estantería, el más lleno de telarañas, hasta encontrar algo que llame mi atención.
Imagínense entonces mi sorpresa, y más que sorpresa, mi casi indignación, cuando una mujer que vino a la biblioteca, y que según ella había sido socia hacía bastante tiempo, nos preguntó si teníamos libros nuevos, y enseguida aclaró que había dejado de venir porque los libros “estaban muy manoseados” (textual) y eso era muy desagradable. No fue solamente lo que dijo, sino cómo lo dijo: con cara de oler mierda, no encuentro una imagen más gráfica.
Me vinieron ganas de contestarle que sí, que nuestros libros eran viejos, estaban llenos de tierra y ácaros, virus y bacterias, que vaya a saber qué peste inmunda habría tenido su propietario anterior, y que efectivamente, habían pasado por demasiadas manos, manos que contenían vaya a saber qué gérmenes, que habían tocado vaya a saber qué partes impuras del cuerpo propio o ajeno. Y como para rematarla, podría haberle inventado que manipulando esos libros me había contagiado lepra, o sarna, o psitacosis.
Me frené a tiempo: no le haría ningún bien a la biblioteca que la mujer saliera a desparramar por ahí tantas barbaridades. Mi compañera, que es muy diplomática, le dijo con la serenidad de un monje budista que las bibliotecas están para prestar libros; fue una manera indirecta de hacerle ver que, para que no estuvieran manoseados, deberíamos renunciar a nuestro objetivo, encerrarlos en una vitrina y que los lectores los miraran “desde afuera y con la ñata contra el vidrio”, como en el tango.
Seguramente la mujer se fue sin haber entendido el mensaje; alguien que deplora como hizo ella la calidad de los libros de una biblioteca pública, dudo que tenga la sensibilidad para entender ciertas sutilezas del lenguaje.
Llevo más de un año llenándome las manos de tierra, disfrutando el olor exquisito del papel viejo, abriendo ejemplares deteriorados con delicadeza para no romperlos más de lo que están, y apenándome cuando encuentro alguno irrecuperable. Hoy, sin ir muy lejos, cuando una socia quiso abrir uno sobre pintura de Velázquez descubrimos que las páginas se habían pegado y que al querer despegarlas se rompían. El libro había estado húmedo, y se secó cerrado. Una de las tantas goteras que tuvimos, seguramente. Las bibliotecarias no tienen tiempo para revisar en qué condiciones están todos los libros y detectar problemas antes de que, como en este caso, sea demasiado tarde.
Cuesta mucho mantener en pie una biblioteca pública. Las horas que no alcanzan para todo lo que habría que hacer, la falta de presupuesto y de voluntarios, y por si fuera poco, la burocracia oficial, que desalienta y agobia a las comisiones directivas, hacen que sea difícil sostenerla. Menos mal que los socios comprensivos son mayoría, y que sólo muy de vez en cuando aparece alguno que pretende que tengamos las estanterías llenas de libros nuevos, que no estén “manoseados”.
Los nuestros sí lo están. Y a mucha honra, porque eso significa que los han leído, y no son letra muerta.