Charla – debate sobre mi libro en “Sólo porque quiero”

(de mi fanpage del Manual de instrucciones para Recién Separadas en Facebook)

Hace unos días me descubrió acá en Facebook Fernando Ortiz, creador de “Sólo porque quiero”, un multiespacio pensado para gente piola que quiere estar en buena compañía y hacer cosas que le gustan. Fernando entró a la página del Manual, le interesó lo que leyó, me contactó y me invitó a participar en uno de sus miércoles temáticos. Y allá fui.

A eso de las diez, cuando llegaron las empanadas, el grupo era lo bastante grande como para colmar el espacioso living, cerca de 30 personas. Algunos ya se conocían de encuentros anteriores, otros era la primera vez que venían, pero todos tenían algo en común, que se notaba en el ambiente: las ganas de pasarla bien, de distenderse, de tomarse un recreo.

Después de la presentación del invitado (¡yo!) con un video alusivo, una paquetería que me hizo sentir de lo más importante, les conté algo sobre mí: cómo había escrito el libro y lo había editado, mis expectativas y lo que había pasado con los lectores, y enseguida comenzó el intercambio de opiniones. Fernando y Verónica Minardi eran los encargados de moderar, algo que por momentos se hacía difícil en medio de las risas, las bromas o las protestas cuando alguien decía algo que los demás no compartían.

Hernán Lanvers, escritor cordobés que había estado el miércoles anterior hablando sobre sus novelas y sus experiencias en África, fue uno de los primeros en hacernos poner el grito en el cielo a las mujeres: según él, cuando uno consigue lo que quería el deseo muere y entonces tiene que buscar otro objeto de deseo. A partir de ahí, los que se animaron a opinar se explayaron y el debate fue tomando color, y calor. Nadie parecía querer quedarse callado. Ni les cuento lo que fue cuando hablamos de “la otra”, el tema más polémico de la noche.

Sé que todos nos fuimos con algo en qué pensar. A mí, personalmente, la charla me sirvió para corroborar cuánto nos cuesta entender que hombres y mujeres somos diferentes. No mejores, ni peores, diferentes. Si de verdad lo entendiéramos, no esperaríamos cosas que el otro no puede o no sabe dar.

Y cuánto nos cuesta (digo “nos” porque me incluyo) escuchar. Escuchamos pensando en cómo responder, en lugar de prestarle atención a lo que el otro está diciendo. Lo hacemos en todos los ámbitos de la vida, con todas nuestras relaciones, incluida, por supuesto, la pareja. Si aprendiéramos a escuchar con el corazón, sin sentirnos obligados a refutar lo que el otro dijo, ni a convencerlo de que está equivocado, ni a darle nuestra propia opinión, seguramente no habría tantos desencuentros… ni tantas recién separadas.

Pero como las hay, y como me hace bien levantarles el ánimo, sigo tomando nota de lo que veo y escucho para la próxima edición del libro, corregida y aumentada.