La moral retorcida de los moralistas

Como ya les conté, estoy catalogando libros en la biblioteca de Río Ceballos, donde todos los días pasan por mis manos desde best sellers archiconocidos hasta obras ignotas. Muchas veces sucede que para saber cómo clasificarlos tengo que darles una ojeada, lo que me permite espiar el contenido; si la categoría de voyeur literario existe, confieso que lo soy, y como muestra vaya lo que sigue.

Heme aquí frente a uno de esos libros a los que debo ojear, editado en 1954. Moral y Prole. Trata sobre los hijos y el matrimonio, el aborto, el control de la natalidad, las prácticas sexuales permitidas, todo enfocado desde el punto de vista de la moral cristiana. Pero mi ojo clínico, entrenado —a fuerza de convivir con un infiel— para leer subrepticiamente lo que no debe, encontró algunas perlas de esas que bien merecen un comentario, así que me traje el libro a casa para escribirlo como se debe: con conocimiento de causa.

Mientras leía la parte que había despertado mi curiosidad, no pude menos que imaginarme al autor como un viejo amargo de mirada torva y piel granujienta, flaco, esperpéntico y sin ningún atractivo erótico a la vista. Sólo alguien así podía regodearse con palabras melindrosas como concupiscencia, actos sexuales incompletos, y algo que me intrigó por su vaguedad: que cuando no podían concretar la unión perfecta (esto es, sin usar ningún método anticonceptivo natural o artificial), a los esposos les era lícito, y lo copio textual, “satisfacer un poco a la naturaleza sin llegar a saciarla. Les es lícito algo, sin llegar al todo”.

A la flauta, me dije, ¡este tipo es un precursor del sexo tántrico enmascarado! Pero no. Lo que el moralista proponía era, hablando en criollo, calentar la pava pero cuidando que el agua no hierva. No confundir con el coitus interruptus, que es pecado mortal. Satisfacer un poco la naturaleza es más sofisticado y requiere un autocontrol digno de un faquir, pero se supone que con la ayuda de Dios todo es posible. Y si los esposos saben sofrenarse y decir basta a tiempo, pueden besarse, abrazarse, estrujarse y excitarse un poquito, pero no demasiado, como para dar lugar a una “limitada complacencia” que no llegue al clímax. Como jueguito erótico suena interesante, pensé, pero como mandato moral me parece perverso.

“Lícitos son los actos impuros no ordenados al acto conyugal, siempre que no constituyan peligro próximo del deleite venéreo pleno y los mueva a realizarlos alguna causa justa, p.e., el fomento del mutuo acuerdo”, aclara una cita al pie de la página en un lenguaje diáfano y contundente que no deja lugar a dudas de lo que se quiso decir, o eso supone el que la escribió. ¡Deleite venéreo, qué asquerosidad, suena a intercambio de sífilis y gonorrea! Si esa es la claridad con que la iglesia adoctrina a sus fieles, se entiende que haya tanto cristiano desorientado…

Claro que el autor debe reconocer que estas relaciones incompletas despiertan recelo desde el punto de vista médico, “debido a que la naturaleza muy excitada o insatisfecha se perturba”. Es por eso que para no andarse con chiquitas recomienda la castidad lisa y llana, y en caso de no ser posible ésta, el control de la natalidad mediante el método del ritmo o de Ogino Knauss. Que es casi lo mismo, porque para no errarle hay que andar con el almanaque a cuestas y algo punzante en la mano para mantener alejado al quía en los días peligrosos.

Y para terminar, esta monstruosidad que, según el autor, aconsejaría la moral cristiana: si el marido obligara a la esposa mediante amenazas o maltratos a utilizar cualquier método de control de la natalidad no permitido por la iglesia (preservativo, etc.) y la esposa lo aceptara, ella no estaría cometiendo un pecado. Que es lo mismo que decirle a la pobrecita que Dios la dispensa de ir al infierno, pero que debe acceder a lo que el maltratador le pida porque es su marido y lo tendrá que aguantar y obedecer hasta que la muerte los separe.

Leyendo, uno siempre aprende. Y entre otras cosas, aprende a conocer los monstruos que habitan en la mente podrida de muchos que se alzan con el dedo acusador en alto, siempre dispuestos a señalar al prójimo caído pero ciegos ante su propia imbecilidad.