Me mentiste, me engañaste…

(de mi fanpage del Manual de instrucciones para Recién Separadas en Facebook)

Si la incompatibilidad de caracteres tiene su origen en las mentiras mutuas, aquí van algunos consejitos para reconocer a los mentirosos.
Para empezar, desconfíe sanamente de los hombres que no hablan de sus cosas, no presentan a sus amigos y no dan el teléfono de su lugar de trabajo, y de los que tienen horarios y hábitos raros. Normalmente esconden algo, desde una mujer, o varias, o media docena de hijos, hasta lo más terrible que pueda imaginarse. El que no tiene nada que ocultar no anda haciéndose el misterioso… salvo que tenga alguna neurosis, lo hayan estafado y esté siempre en guardia o tenga complejo de inferioridad, defectos que lo vuelven poco recomendable.
La mentira, cuando una QUIERE verla, tiene el tamaño de un elefante y el olor de un filet de merluza. Es notoria, evidente y previsible. Preste mucha atención a los detalles, porque cada mentiroso tiene su estilo. Están el enredado (sus mentiras son con mucha gente, muchas cosas, muchas fechas, muchos detalles); el exagerado (cada ida a comprar cigarrillos es como la carrera París-Dakar, con beduinos y todo); el amnésico (no sabe, no contesta, no se acuerda…); y hasta el infantil, que se pone colorado, mira el piso y dice mentiras estúpidas, ridículas o compulsivas. Y algunos mezclan todos los estilos, cuando lo consideran necesario: son los mentirosos patológicos. Pero con éstos es mucho más fácil: no hay que creerles nada de lo que dicen. Nada, nada de nada. Pruebe y después me cuenta… cuánto tarda en volverse completamente loca. Porque los hombres NO SON todos iguales, como dice su mamá: para peor, están los mentirosos patológicos.
Pero aun sin llegar a tal extremo, si algún aspirante a marido intentara ocultarle sólo algunas cositas (que ronca, por ejemplo; o que se desayuna con vodka, o que se baña cada diez días, o que es hijo único de padres añosos y achacados; pequeñeces, en fin), NO SE DEJE MENTIR: dude, investigue, husmee y fisgonee en sus intimidades, bolsillos incluidos. Y no le mienta usted, que es hoy la víctima de sus propios engaños y autoengaños.