Manifiesto de Año Nuevo

Cuando ya pesan sobre mi espalda cuarenta y nueve años y diez meses, tirando hacia abajo todo lo que se le puede caer a una mujer y maltratándome con los primeros achaques propios de la vida contemplativa y sedentaria, he decidido pedirle al año nuevo un poco más de lo que siempre pido, o debería pedir, con cada cambio de almanaque.

Para empezar, quiero sentir sin anestesia. No más indiferencia, ni tareas “impostergables” que me vuelvan insensible. Quiero vibrar de emoción ante las pequeñas pero milagrosas manifestaciones de vida que descubro cada mañana: el colibrí que visita mi madreselva, la flor que se abre para morir en apenas unas horas, la marcdeseos pedidos ilusionesial fila de hormigas que depreda mi jardín.

Quiero también una mente más sana y voluntariosa, capaz de renunciar a los placeres que hacen daño, a la información intrascendente, al chisme, a las excusas, a la autocompasión, a la obsesión y a la ansiedad. Una mente inspirada, a ver si consigo escribir ese libro inmortal con el que tanto sueño.

Y si no fuera mucho pedir, quiero un cuerpo mejor que el que tengo. Cuando digo mejor no digo más lindo, ni más joven, ni el de los veinte o los treinta. No. Mi cuerpo ideal, hoy, sería uno que deje ir las emociones negativas en lugar de apropiarse de ellas y convertirlas en enfermedades. Sólo eso. Un cuerpo que sepa defenderse de los ataques internos y externos, y que me acompañe dignamente en mis alegrías y tristezas, en mis logros, en mis luchas. Un cuerpo relajado, que sepa cuándo descansar, cuándo comer, cuándo buscar y dar amor.

Y un espíritu libre, capaz de alzarse impávido por sobre lo que el mundo espera de mí para impulsarme a ser la que yo quiero ser, la que necesito ser.

Con esto, y lo que tengo, que no es poco, me conformo. Pero si el año nuevo, en el colmo de la generosidad, me trae:

  • Un editor para mi novela.
  • Un novio ecologista, pintón y adinerado que quiera incursionar en el sexo tántrico.
  • Un arquitecto, un albañil, ladrillos, puertas y ventanas para reformar mi casa.
  • Una computadora portátil y una impresora multifunción.
  • Un banco de plaza para poner en el jardín.
  • Inspiración para escribir.
  • Tiempo para compartir con la familia y los amigos.
  • Voluntad para volver a tocar el piano y para hacer gimnasia.
  • Sueños y proyectos nuevos…

Soy capaz de recibirlo, al 2010, como nunca me ha visto ningún mortal: prolijamente depilada de la nariz para abajo, camisolín de gasa, medias de red, tacos aguja, portaligas, una rosa roja enganchada en la oreja izquierda y otra entre los dientes.