¿Son compatibles la felicidad y el arte?

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3 Respuestas

  1. Marcelo dice:

    Y por todo eso, justamente te seguimos leyendo y no vamos a dejar de leerte en ningún caso.

  2. Amén, tocaya, se puede escribir de cualquier modo. Es más, te lo digo, hasta los que sufren puede escribir. ;D
    Y habrá buena y mala literatura entre los que hacen reír y entre los que hacen llorar.
    Y si lo pienso bien, el verdadero escritor puede provocar las dos reacciones. Heindereich es el mejor ejemplo que se me ocurre. Parece estar contando el más gracioso de los acontecimientos, y sin embargo está transmitiendo al mismo tiempo toda la desolación de un personaje.
    Otro maestro con todas las mayúsculas en eso es Ray Bradbury.
    Y esos claroscuros que rompen todas las pretendidas categorías, donde se cuenta un drama que te arranca carcajadas, o una situación jocosa que te da melancolía, son precisamente los que hacen que esa literatura sea tan magistral.
    Un beso Graciela

  3. Ricardo Bada dice:

    Verás, Graciela, érase una vez que escribí un cuento y se lo envié a un amigo, en Bolivia, quien después de leerlo me comentó: "Tu cuento está muy suelto y con un final bueno. ¿Mis observaciones críticas?: ciertos paréntesis relacionados con idiomas, lugares, citas de autores, que me parece están de más, o me saben a demasiado intelectualismo que no es necesario para el relato. Obviamente esto te sale porque vives en un medio así, pero mejor ocultarlo, como quiere Hemingway en su teoría del iceberg".

    Palabras del amigo boliviano, y en lo que a mí respecta ¡qué querés que te diga! A mí, esa teoría de Hemingway, la del iceberg, la de que el relato sólo debe mostrar la novena parte de su magnitud, me parece nada más que una artimaña del viejo Hemingway para encubrir que sus historias eran exactamente éso: tan sólo novenas partes de lo que hubieran podido ser.

    No sé si recordás que las Selecciones del Reader's Digest tenían una edición especial (y hasta quizás existe todavía) dedicada a algo así como a resumir novelas famosas por el procedimiento de los indios jíbaros: Los hermanos Karamasov, Guerra y paz, Una tragedia americana, Al este del Edén, El tambor de hojalata, se podían quedar (cada una de ellas,
    no exageremos) en cincuenta páginas de Selecciones. Y yo afirmé una vez que los editores
    del Reader's Digest le habían dado a Hemingway el encargo de jibarizar Moby Dick, con el resultado de que, a pesar de todo, le salió El viejo y el mar. Naturalmente se trata de una broma, pero ilustra muy bien lo que quiero decir de la manera de escribir de Hemingway.

    Creo saber y/o darme cuenta de por qué tuvo tanto éxito entre los lectores. Pero nunca he logrado entender las razones de su éxito entre los escritores, a no ser porque convenciera a muchos –entre ellos a mi queridísimo y malogrado Osvaldo Soriano– de que un relato podía ser la novena parte de lo que hubiese podido llegar a ser en otras manos (aunque no en las de Soriano, claro está). Con ello le abría las puertas al campo sin vallado del blablabla, y conste que no quiero ser injusto, porque pienso que lo poco que Hemingway sabía hacer lo hizo muy bien. Y hay además un libro suyo, Death in the Afternoon, que me parece que es el mejor que haya escrito acerca de las corridas de toros alguien ajeno a nuestro mundo hispano: sobre todo su léxico es algo que merecería editarse como libro aparte porque en él están resumidas, de manera fenomenal, las mejores cualidades de la prosa del viejo don Ernesto.

    Pero volviendo al tema. Debo señalar que descreo de todo tipo de recetas para escribir. Descreo de la teoría del iceberg de Hemingway en la misma medida que desconfío de que, como dijo Stendhal, una novela deba ser un espejo colocado a la vera de un camino. Sigo creyendo, de común acuerdo con una ilustre autoridad, que "el estilo es el hombre", o más a ras de suelo, que "cajún es cajún", "cada uno es como es", la frase clave de la metafísica gitana. Pensemos en Dostoiewsky escribiendo según las fórmulas de Flaubert o en una Madame Bovary salida de la pluma de John Dos Passos. ¿Te imaginás El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha escrito por Jorge Luis Borges?, y como contrapartida. ¿te imaginás El Aleph escrito por Cervantes? Aunque, después de todo, ¿por qué no? Borges sabía de sobra lo que hacía cuando nos propinó ese iceberg cervantino que es su Pierre Menard, autor del Quijote, y es bastante seguro que don Miguel espoleó el aleph borgiano desde los ijares de Clavileño.

    Quiero decir con esto que cada autor tendría que aspirar, en la humilde medida de sus fuerzas,
    a ser él mismo, a que su voz suene suya, propia, inconfundible. Sólo así serán posibles los
    icebergs, cuando la magia de su prosa nos induzca a seguir buscando las ocho partes sumergidas que esa prosa nos sugiere. Lo demás es teoría, y si hay algo que mata la literatura, es la teoría.

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