Estrellas fugaces

estrellas fugaces
A veces, como si mi cerebro se poblara de estrellas fugaces, suaves e imperceptibles como mariposas, tengo breves momentos casi de inspiración total (o de locura, todavía no logro distinguirlo). Siento como el presagio de una sabiduría que está ahí, en las profundidades, esperando que yo logre descubrirla, liberarla. Es el presentimiento indescifrable de algo que me trasciende; algo que debo perseguir por los caminos de regreso, los más arduos, los menos transitados. Esos que se convierten en senderos inciertos y se pierden hacia adentro sin retorno posible.

Son momentos brevísimos, que no duran ni el tiempo que tarda en caer al suelo una gota de lluvia pero que me pasean de una punta a la otra de mi historia. Por un instante, menos que un parpadeo, llego donde se mueren las razones; donde no hay ni principios ni palabras ni prejuicios ni ideas ni recuerdos. Donde el tiempo es apenas un puñado de risas, de arrugas, de cartas, de adioses y de muertos. Donde no existen las necesidades, ni la duda, ni el ayer, ni el mañana, y a veces ni siquiera el presente. En ese instante claro, iluminado, sé que soy mucho más que esto que arrastro por la vida; que hay en mí algo que vuela libre de todo peso, lejos de toda angustia; algo que todo lo comprende, que todo lo conoce y que todo lo acepta.

Y en ese instante amo sin medida, sin recelos, amo completamente, incondicionalmente, irremediablemente. AMO. Con la imaginación, con la mirada, con las manos, con los pies; con un deseo casi sensual de poseer, de saciarme, y de dar hasta el agotamiento. Amo en abstracto, amo concretamente a alguien, amo el sol, amo al mundo. Me da igual. Lo único importante es descubrir que esa soy yo, que soy todo ese amor y mucho más, sin límites.

Pero es sólo un instante. Inasible, impalpable como una procesión de sombras. Apenas me doy cuenta y ya pasó, sin darme tiempo de entender lo imprescindible, lo esencial. Yo sé que hay algo más. Pero a veces la razón es más fuerte que todo y asfixia mi mente, me amordaza, me ata de pies y manos, me juzga, me condena y me lee en voz alta la sentencia: esto se debe, aquello no se puede; esto es inmoral, aquello es justo; esto es ridículo, aquello escandaloso. Y después me ejecuta. Me corta la lengua, me arranca los ojos, me quema las manos y los pies hasta deformarlos, y para terminar me mete en una bolsa y me deja tirada en un lugar cualquiera, a cualquier hora. Ahí estoy, insensible a lo que me rodea, sin poder disfrutarlo, sin poder criticarlo.

Pero igual sé que hay algo más. Aunque no sepa donde está, donde buscarlo, sé bien que hay algo más. Y me resigno a ser paciente; yo que no sé esperar, espero, conteniendo el aliento, muy abiertos los ojos, aguzando el oído, el cuerpo tenso. Espero. Presintiendo que la sabiduría, o la locura, o las dos juntas, van a llegar de a poco, imperceptibles como mariposas, efímeras y azules como estrellas fugaces.

Van a llegar para quedarse hasta que no haya nada ni haya todo ni haya dudas ni haya sombras. Sólo amor. Sólo un amor tan grande como millones de alas volando al mismo tiempo, llevándome tan lejos del principio y del fin como les sea posible. Sólo el amor, tan fuerte y tan violento como miles y miles de huracanes que destruyan la torre en que estoy prisionera cuando no amo.

Un amor nuevo y libre para nacer sin dudas. Sin razones. Sin principios. Sin tiempo. Sin palabras.

(Publicado en Revista Ayllu, Río Ceballos)

***

Este es un texto muy viejo, pero yo sigo siendo la misma de cuando lo escribí. Sólo que aquellos instantes iluminados se han transformado en horas, y hasta en días, en los que el amor logra estar por encima de todo y la razón ya no me marca el rumbo. Y es una gran liberación que haya sido así. Las estrellas fugaces de entonces, hoy son enormes soles que me alumbran por dentro y por fuera. Y soy la misma, pero también soy otra, más poderosa, más plena, y tal vez, más sabia.