El amor en los tiempos de la gripe porcina


En mi entrada anterior comenté que, mientras presenciaba una boda, me habían dado ganas de casarme “sobre todo si lograra encontrar un señor de mi edad en buen estado, con toda la dentadura, no demasiado excedido de peso, con una billetera generosa y que aceptara vivir en casas separadas, o al menos dormir en cuartos separados”.

Marcelo, un lector, me dejó este mensaje:
“Las premisas eran buenas… pero se arruinó todo con eso de “o al menos dormir en cuartos separados”.

Le expliqué mis razones:
“Estoy acostumbrada a dormir sola (dije dormir…); no me gusta que me ronquen en la oreja ni me resoplen en la nuca, y mucho menos despertarme por los saltos de alguien que tiene pesadillas. Además, lo de los cuartos separados me parece de lo más romántico: uno se visita, te metés en la cama del otro o el otro se mete en tu cama, y eso incentiva el ratoneo. Es como tener un amante en casa”.

Ahí Marcelo entendió de qué se trataba, y muy suelto de cuerpo me contestó:
Uy, mirá vos! Creía que eso de camas separadas era por un problema de gases, o algo así 😉
La verdad que la tuya es una muy buena idea, y la voy a probar. Podrías escribir una columna de consejos de este tipo, no?

Me lo tengo merecido, por hacerme la graciosa.

Pero lo de los cuartos separados no es broma. Lo pienso en serio. Y no sólo por lo de jugar a las visitas, sino porque, además, es higiénico.

Durmiendo con alguien uno se contagia, y contagia. Las necesarias seis, ocho horas de descanso, cuando uno de los dos está engripado convierten la cama en un foco infeccioso: pañuelos con moco debajo de la almohada, toses, estornudos, contienen un ejército de miocroorganismos que caen sobre el cónyuge sano, y lo enferman. Los cuartos separados evitarían la propagación de epidemias: no es lo mismo ponerse un barbijo y llevarle un tecito al quía, tomarle la fiebre, darle una aspirina, arroparlo y dejarlo que luche con sus propias armas contra el invasor mientras una duerme a salvo, que meterse en la cama junto a él, llenarse de virus toda la noche, y al día siguiente desparramarlos por todas partes.

Los cultores de la “cucharita”, acérrimos defensores de la cama matrimonial; los que consiguen conciliar el sueño pese a que piernas y brazos ajenos limitan sus movimientos; los que regulan su temperatura corporal a tono con la de su compañero de cama, en una simbiosis que nunca pude lograr; los que ni se enteran de que el otro se enroscó en el acolchado y los destapó; los que pueden dormir con la luz, el televisor o la radio encendidas y los que no se despiertan sobresaltados pensando que hay un temblor cuando el otro se levanta para ir al baño, seguramente no estarán de acuerdo conmigo sobre la conveniencia de dormir en cuartos separados.

No me importa. Yo seguiré durmiendo solita y sola, como a mí me gusta, sin piernas que a modo de torniquete me corten la circulación, sin ruidos ni olores molestos, sin que el desbarajuste ocasionado por un intruso me obligue a tender la cama todos los días. El que quiera tener algo conmigo, ya lo sabe: podemos chivatear hasta que las velas no ardan o nos paralice una contractura (a mi edad, lo último es más probable), pero después, como decía mi abuela, ¡cada carancho a su rancho!