¡Vivan los novios!

Hace unos días se casó Laura, la hija mayor de Elsa, una de mis amigas del alma. Laura y Mariano viven en Comodoro Rivadavia pero se casaban por iglesia acá en Río Ceballos, así que los preparativos de la boda se hicieron por teléfono. Mi amiga se pasó un mes de aquí para allá ocupándose de hablar con el cura, el florista, la peluquera, la maquilladora y los invitados, porque también le tocó repartir las tarjetas y confirmar quiénes irían a la fiesta. Y por si fuera poco, hizo una torta de tres pisos y más de cien sombreros de gomaespuma, el cotillón para el baile.
Con los sombreros la ayudamos Nelly y yo, que me sumé cuando ellas dos ya habían hecho unos cuantos. Durante varias noches dimos rienda suelta a nuestra creatividad pegando lentejuelas y plumas en capelinas, galeras, casquetes y vinchas imponentes, elegantes o estrafalarios, porque a medida que nos desvelábamos se nos potenciaba el delirio y los retazos de gomaespuma se convertían en flecos, moños, flores y firuletes varios que se iban sumando a las lentejuelas y plumas, en un derroche de formas y colores.
Chisme va, mate viene, la colección fue creciendo y con ella nuestras carcajadas al probarnos los que íbamos terminando, mirarnos en el espejo y descubrir que el casquete con largas púas enhiestas le quedaría bien a más de uno/a, el bonete de bruja sería especial para fulanita o la punta de uno de mis modelos se parecía… ¡al pito de un gallo!, según la Nelly, que no tardaba en encontrarle formas fálicas, evidentes o encubiertas, a casi todos los sombreros. No voy a entrar en consideraciones psicoanalíticas porque el tema no es mi fuerte; sólo diré en mi descargo que jamás le he visto el pito a un gallo, y por lo tanto, la semejanza, si de verdad la hubo, no fue adrede.
Por fin llegó el gran día. La madre de la novia venía de dormir tres horas por noche, entre la torta, los sombreros y demás, y nosotras dos por ahí andábamos: yo estaba terminando de corregir una novela, y entre medio había tenido que hacerle un vestido a mi hija, tarea que supone coser y descoser unas cuantas veces hasta darle con el gusto. Así que teníamos que conseguir que esas tres matronas de entrecasa que se probaban sombreros y se hacían pis de la risa se convirtieran en tres damas glamorosas, con las uñas pintadas y sus mejores galas encima. No teníamos mucho tiempo para conseguir semejante milagro, porque a las seis de la tarde había que estar en la iglesia. Pleno día, mucha luz y ninguna manera de ocultar arrugas ni ojeras.

Pero como si hubiésemos sido Flora, Fauna y Serenela, las tres hadas madrinas de Disney, lo conseguimos. Ahí estábamos la Elsita, la Nelly y la que suscribe corcoveando sobre los tacos altos (hace como diez años que no uso tacos), radiantes y dispuestas a resistir en pie hasta las cinco de la mañana, hora en que calculábamos terminaría el festejo. Ahí estábamos, unidas por la emoción de ver casarse a una hija (todavía nos quedan… ¡cinco!) y de haber puesto nuestras manos al servicio del amor, de la alegría, y de la esperanza que significa hoy que alguien se case.
No quiero terminar esta reseña sin referirme a las palabras del padre Diego, que con una voz que retumbaba en toda la iglesia le dijo al novio, entre otras cosas, que a partir de ese momento su billetera ya no le pertenecía: era de su esposa, todo lo de él, a partir de ahora, sería de ella, su tiempo, su dinero… y por supuesto, su amor, porque de ahora en más sólo debía tener ojos para ella, y realizarse como varón, como esposo, como padre, sólo con ella y para siempre. Preferiría no describir las miradas de reojo que se cruzaban los invitados varones a mis espaldas mientras se aflojaban los nudos de las corbatas y ponían cara de “yo no fui”. El padre Diego, en tanto, seguía pegando fuerte:
—¡Y no creas que la ayudás cuando laves platos, cambies pañales o cocines! —tronaba. —¡No! ¡No la estás ayudando! ¡Estás haciendo lo que debés, porque eso es tarea de los dos!
¡Grande, padrecito!, pensábamos a coro las mujeres mientras el novio, arrobado y emocionado, parecía no escuchar su condena a perpetuidad.
Habló tan lindo, el padre Diego, que me dieron ganas de casarme, sobre todo si lograra encontrar un señor de mi edad en buen estado, con toda la dentadura, no demasiado excedido de peso, con una billetera generosa y que aceptara vivir en casas separadas, o al menos dormir en cuartos separados.
Lo que vino después fue lo que Mariano y Laura se merecían: una verdadera fiesta, en la que todos nos divertimos con auténtico espíritu de juerga y ganas de pasarla bien. Los tacos altos duraron lo que el vals, porque casi todas terminamos bailando descalzas. El champán, los daiquiris y “los ferneses”, que parecían no acabarse nunca, sólo dieron lugar a situaciones jocosas, potenciaron alguna que otra nostalgia y aumentaron la resistencia de los que bailaban. Pero contrariamente a lo que suele ocurrir hasta en las mejores familias, nada empañó la alegría, no hubo que lamentar heridos y contusos, y hasta donde yo sé, nadie se propasó con nadie.
Y nuestros sombreros causaron sensación; chicos y grandes, todos se llevaron el suyo intacto porque no se despegó ni una lentejuela.
Es que las tres hadas madrinas de la calle Buenos Aires somos muy habilidosas: sabemos coser, sabemos bordar… y cuando nos juntamos a hacer sombreros, sabemos abrir la puerta del corazón para ir a jugar.