Corín Tellado y mis amores de novela

Siempre me gustó leer, desde chiquita. Empecé con la colección Robin Hood, a los trece ya lo había descubierto a Sábato, y entre los catorce y los dieciocho devoré todo lo que cayó en mis manos, desde Dickens, Víctor Hugo, las Brontë, Roberto Arlt y Dostoievsky hasta las novelas de Harold Robbins, esas que mi papá escondía en el estante más alto del placard.

Y entre todo eso la leí a ella, Corín Tellado, la autora de cientos de novelitas rosas que hicieron suspirar a millones de mujeres en todo el planeta, y que se acaba de morir sin haberme pedido perdón por los daños ocasionados a mi persona. libros corin tellado

Ella tiene la culpa de que todavía espere un príncipe azul parecido a Liam Hamilton, uno de sus personajes: rudo pero delicado, apasionado pero caballero, de pocas palabras pero con una mirada que habla por él, capaz de renunciar a mí pero todavía más capaz de darse cuenta del momento preciso en que le daré el sí, capaz de besarme apasionadamente hasta dejarme sin aire aunque yo me niegue, y sobre todo, millonario, pero de esos millonarios que no le deben nada a nadie porque hicieron fortuna con sus propias manos.

Ella tiene la culpa de que a los catorce me haya enamorado de un amigo de mi papá, casado y con dos hijitas, y de que soñara que se quedaba viudo y me elegía a mí para terminar de criar las nenas y consolarse de la irreparable pérdida.

Ella tiene la culpa de que mi vida amorosa haya sido una tragicomedia en la que sospeché demasiado, lloré demasiado, revisé demasiados bolsillos, escuché demasiadas mentiras y cumplí con todas y cada una de las premisas de una “pasión arrolladora”, a la que conseguí sobrevivir de milagro.

Ella tiene la culpa de las decenas de cartas que escribí pero no me animé a mandar, en las que le decía a mi amado que lo nuestro no podía seguir así y le daba todas las razones por las que ya no podíamos estar juntos, haciéndole saber también que a pesar de todo lo seguía amando y lo amaría toda mi vida. Misivas que, de haberlas recibido el susodicho, nos hubieran ahorrado a ambos unos cuantos malentendidos y amarguras.

Ella tiene la culpa de que haya preferido, hasta no hace mucho, el llanto a la risa, porque llorar era más romántico que reírse.

Ella tiene la culpa de que probablemente se me hayan pasado por alto unos cuantos hombres reales, convencida como estaba de tener al lado al hombre ideal… salvo por un detalle: él no tenía el más mínimo interés en ser el hombre ideal de nadie.

Ella tiene la culpa de que todavía sueñe con mirar la luna mientras me susurran al oído que me aman. Sueño que, gracias a la hipoacusia que avanza lento pero seguro, a estas alturas es inútil, porque no entendería lo que me dicen.

Ella, y nadie más que ella, tiene la culpa de que a veces me cueste resignarme a que tengo un corazón adolescente dentro de un cuerpo que envejece, y ya no podré correr al encuentro de un enamorado porque lo más probable es que tropiece con un escalón que no vi, me quiebre unos cuantos huesos y termine en la guardia de un hospital.

Pero no importa; si volviera a nacer, la leería igual. Las chicas de mi edad seguro que me entienden.