Animales

En estos días, dos noticias que no tienen nada que ver con la crisis económica, ni con la política, ni con la realidad inmediata me dejaron pensando.

A la primera, cuesta creerla porque parece inventada: en Japón se han puesto de moda los “Gato Café”, que son bares donde el cliente paga por acariciar a un gato. Diez dólares por hora. A un gato de verdad, de esos que hacen miau y sacan las uñas; no confundir con lo que aquí en Argentina llamamos “gato” (para los que no saben: prostituta más o menos fina). También se alquilan perros para pasear y otras mascotas menos convencionales, como escarabajos y hurones. Y hasta parientes; uno puede alquilarse un padre que lo aconseje, un primo, un amigo…

Mientras leía esto, dos o tres de mis neuronas díscolas sacaban cuentas: a diez dólares la hora, dos perras y una gata querendonas como las mías en Japón me dejarían una fortuna: a Ushuni le encanta que le soben el lomo, Preta da verdaderos abrazos y Pianca es tan educada que hasta la han dejado subir en un colectivo. Y también podría ganarme unos buenos pesos alquilando a mi vieja, mi hermana y mi hija. Y por mi ex, por ahí también me darían algo…

La otra noticia no es para tomar en broma: en Méjico, un pequeño torero de once años, Michelito, rompió el récord mundial al matar seis novillos en la plaza de Mérida. Vi su foto en el diario, de frente como si le estuviera apuntando al toro con sus banderillas, y me dio escalofríos: esos no eran los ojos de un niño. Sus padres, que están muy orgullosos de él, apelarán la decisión del Guinnes, cuyos directivos decidieron no incluir a Michelito porque “no aceptan records basados en maltratar o herir animales”.

Qué loco está el mundo.

De un lado, personas que buscando paliar su soledad pagan por acariciar a un animalito, por sentir el calor de su piel, por la ilusión de ser dueños, aunque sea por un rato, de esa mascota que quisieran tener en casa pero que no pueden por falta de espacio, o de tiempo para dedicarle. Del otro, padres que exponen a sus hijos al riesgo cierto de morir, y que les han trasmitido desde la cuna el placer de matar a un animal sólo por diversión.

De un lado, la búsqueda de la comunión con otro ser vivo. Del otro, la negación del respeto a la vida en todas sus formas que, a estas alturas de la civilización, ya deberíamos tener incorporado en los genes.

De un lado, el dinero comprando lo que el ser humano nunca dejará de necesitar, pero que a veces no sabe cómo obtener: cariño, compañía. Del otro, el dinero de quienes pagan para ver el “espectáculo” de ver morir a un animal desangrándose.
De un lado, el hombre y su maravillosa capacidad de seguir siendo vulnerable y sensible, aunque para ello deba inventarse una realidad falsa. Del otro, el hombre y su brutal incapacidad para comprender que no puede, no debe, creerse dueño y señor de la vida y la muerte ajenas.

Qué loco está el mundo.