Llegaron ya, los reyes eran tres…

reyes magos enero
Anoche no esperé a los reyes magos, por una simple cuestión de lógica: yo era el único ser humano que había en mi casa, así que no tenía mucho sentido hacer todo el ritual.

Pero igual me vino la nostalgia.

Recordé reyes de allá lejos y hace tiempo, cuando vivía en Rosario, en la avenida Alberdi, y juntar un manojo de pasto significaba recorrer toda una cuadra buscando en la cazuela de los árboles de la vereda, único lugar donde lo podía encontrar. Los camellos rosarinos se conformaban con poco: un plato con algunas briznas de hierba, una compoterita de agua, todo acomodado al pie de la escalera que iba a la terraza, porque se supone que ese era el acceso más sencillo: por allí bajaban sin ningún problema ladrones, ratones y gatos, que recorrían el barrio saltando de techo en techo.

Recordé a los reyes magos de Unquillo, que tenían un jardín enorme donde pastar pero igual se comían lo que les dejábamos junto a los zapatos. Y que a los once años me trajeron el piano en el más absoluto silencio, porque para eso son magos. Los reyes de Unquillo estaban abonados a Casa Tito, porque todo lo que nos traían (menos el piano, claro) estaba sólo en esa juguetería: el Cerebro Mágico, la bicicleta, las baterías de cocina de aluminio completas para jugar a la mamá… y venían cargados con lo que les habíamos pedido, y algo más.

Recordé también, evocando la memoria de mis ancestros, los reyes magos de la abuela Pepa, mi bisabuela, que se casó en Granada poco antes de cumplir los quince. Recién casada, había pedido una muñeca. Su marido, que la doblaba en edad y era un muchacho serio, salió temprano y regresó con una bolsa llena de castañas, almendras y otras delicias, que dejó sobre los zapatos de su flamante mujer; cuando ella se despertó y encontró el regalo, su desilusión fue tan grande que se echó a llorar. “Pepa, las muñecas son para las niñas…” le decía su esposo, pero la pobre Pepa no entraba en razones; me da un poco de pena pensar en ella, en su paso obligado a la adultez, en su inocencia incomprendida.

Y recordé los reyes de la infancia de mi hija. Reyes que a veces se quedaban dormidos y tenían que hacer malabares para dejar sus regalos a tiempo, esto es, antes de que Carla se despertara. Reyes que en cierta ocasión se llevaron por delante los platos con pasto y agua, haciendo un bochinche de órdago. Reyes amorosos, emocionados, que protagonicé durante muchos años; reyes de la pequeña abundancia o de la crisis, reyes obedientes al pedido infantil o insubordinados que traían lo que querían; reyes que con tal de contemplar esa carita de asombro y alegría se hubieran comido de verdad el pasto, de ser necesario.

Mis queridos reyes magos. Bendita sea la ilusión, aunque dure poco; bendita sea la leyenda, si sirve para que ejercitemos la capacidad de creer en algo, esa que nunca debería morir.