Joaquín y las hormigas

Nuestro diálogo tiene reglas bien definidas: todo lo que yo digo, él lo repite en una lengua extraña que suena a croata básico, con un toquecito de lunfardo porteño en la manera con que remarca las eses.

Buscando algo que hacer para entretenerlo (tiene tres años, no es fácil) le di una lupa y me lo llevé al fondo a buscar bichos bolita debajo de las macetas. Le puse uno en la palma de su mano y le enseñé cómo se cerraba; cuando el animalito se volvió a estirar me dijo algo en un tono muy convincente –lástima que la única palabra que pude rescatar fue “bissho”–, lo agarró entre el índice y el pulgar, y como quien moldea moco lo obligó a convertirse otra vez en bolita.

Una procesión de hormigas que se llevaba mi jardín de a pedacitos lo distrajo un par de minutos, pero como eran muchas y no las podía seguir a todas, se dio por vencido y se puso a examinar con la lupa los geranios, el pelo de las perras, mis pantalones, los pisos y las paredes. Menos mal que es chiquito y no me va a sacar el cuero, pensé; mi casa nunca está demasiado limpia, y si encima la miran con lupa…

¿Querés leche, Joaquín?, le pregunté. ¡No! ¡Maera!, me contestó. A la miércole, pensé, ¿qué le dan de comer, pobrecito? ¿Hamburguesas de aserrín, milanesas de aglomerado? Insistí con la leche y se enojó, pateó el piso, frunció el ceño y me dijo muy serio: ¡Maa-era! Mi mente retrocedió algo más de veinte años, y comprendí: mamadera. De esas que en casa no hay ni de recuerdo. Pero sí hay bombilla… así que se tomó su leche en cinco segundos respirando por la nariz como un instructor de yoga y sorbiendo sin detenerse ni para tomar aire, mientras yo lo miraba sin pestañear por si se le ocurría ahogarse.

Después hicimos masa de sal y modelamos monigotes, pies de tres dedos, tortugas, todo mientras conversábamos como si nos entendiéramos. En eso estábamos, cuando una hormiga sin rumbo tuvo la mala fortuna de cruzar frente a nuestros ojos. Joaquín, que la había visto antes que yo, agarró un bodoque chato de masa y lo estampó sobre la hormiga, que quedó incrustada en él; cuando se dio cuenta de que la tenía atrapada, la miró con la lupa y gritó asombrado: ¡move ashh patashh!

La hormiga logró liberarse, pero no le duró mucho porque su captor la volvió a atrapar una y otra vez, hasta que finalmente la pobre dejó de mover ashh patashh y se murió, no sin antes haberlo picado, claro.

Entonces nos pusimos a mirar fotos en la computadora hasta que llegó su papá a buscarlo. Su papá es mi ex. Joaquín es el hermanito de mi hija, que le cayó del cielo cuando ya se había resignado a ser hija única. Y que a mí me hace sentir abuela por un rato, mientras invento cosas para entretenerlo cuando lo traen de visita. Y que me enternece hasta conseguir que el bicho bolita de mi corazón, ese que se enrosca sobre sí mismo cuando algo lo agobia, quepa en el huequito de su mano.