Tribulaciones de una madre abandonada


Carlita, mi cachorra, HIJA UNICA, 21 años, metro setenta y tres, 62 kilos distribuidos como sólo a su edad pueden estar, estudiante universitaria, madura para algunas cosas y demasiado verde para otras, se fue de casa. Aclaremos: se instaló por un mes en el departamento de una amiga que vive en Córdoba, con retorno a nuestro hogar en Río Ceballos los fines de semana.

Más que irse, puso 35 km de distancia provisoria entre su independencia y mis vanos intentos de controlar su vida… si es que se puede llamar control al hecho de preguntarle donde está, a que hora vuelve y algunas otras pequeñeces que pretendemos saber las madres. El pretexto de la huida fue impecable: estudiar para rendir tres materias, cosa que en casa no puede hacer porque se entretiene demasiado con sus perras, con los vecinos y con cada mosca que pasa volando.

Lo primero que cruzó por mi cabeza fue aquel tema de Serrat, “…que va a ser de ti, lejos de casa, nena, que va a ser de tíiiiii…” Se me escaparon algunas lágrimas, pero enseguida me recompuse y enfrenté la realidad: el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen. Mientras tanto, me dije… ¡a disfrutar! Les cuento mi primera semana de orfandad:

El lunes a las once de la mañana, en lugar de estar gritando cada cinco segundos ¡Levantáteeee! estaba muy tranquila… ¡en la peluquería!. Corte, lavado y brushing mediante, salí completamente relajada y con varios años menos. Con la cabeza ligera por dentro y por fuera, tomé el colectivo y me fui a trabajar. Volví a casa a las diez de la noche: todo en orden, todo limpio, ni una taza en la pileta de la cocina… Con la intención de no alterar ese perfecto ecosistema, cené mandarinas y té con tostadas.

El martes fui a llevarle a la “niña independiente” algunas cosas que se había olvidado en casa, y de paso a conocer el departamento y su entorno. Carla me recibió como si hiciera un mes que no nos viéramos, me convidó café y me presentó al Pompón, el perro de su amiga.

Verifiqué sin mucho disimulo que la vivienda, el edificio y la cuadra tuvieran un aspecto normal, hice algunos comentarios atinados al respecto, llegó la dueña de casa con el novio, charlé un rato con ellos y con Carla mientras preparaban la comida, y viendo que almorzarían algo saludable me fui a trabajar tranquila. Cuando volví a Río Ceballos eran más de las diez de la noche, hacía un frío feroz, y llovía. Río Ceballos, en esas condiciones, parece un pueblo olvidado del Lejano Oeste: ni un alma en las calles, apenas dos o tres audaces en los bares.

Decidí darme un gusto que hacía varias semanas me roía las entrañas, y sintiéndome Graciela Kid en Río Ceballos City entré al Saloon… digo a la heladería, desafié la mirada mortificada del empleado, me compré medio kilo de helado, tomé el único taxi que recorría el pueblo, me instalé frente al televisor a ver la novela de los gitanos y durante una hora me dediqué a comerme, solita y sola, TODO el helado. Juro que lo disfruté, aunque me tiritaban hasta las uñas. Sin dejar de temblar, me metí en la cama vestida con mi uniforme de ir a dormir (piyama frisado con medias de lana) más gorro, bufanda, guantes y la gata sobre los pies. Entre chuchos de frío y estornudos leí como hasta las tres de la mañana, no por insomnio sino porque lo hago siempre. ¡No vayan a pensar que la ausencia de Carla me desvelaba!

Los miércoles, aclaro, no voy a Córdoba, trabajo en casa. Me levanté más tarde que de costumbre porque no tendría que perder tiempo en despertar a mi hija; sólo una madre sabe el tiempo que se pierde en despertar a alguien que no quiere despertarse… o que no puede, porque se acostó hace apenas una hora. En fin, me levanté, como decía, un poco más tarde. Mi casa seguía en orden, mi vida seguía en orden, mi hija seguía lejos y me sentía desorientada sin tener a quien retar. El día transcurrió con total normalidad, salvo por un detalle: no cociné.

Comí alfajores, yoghurt, criollos con manteca, mandarinas, chocolate, berenjenas en escabeche y hasta pan con kepchup. A hija transgresora, madre transgresora y media: esto es vida, pensé mientras tomaba té de boldo a las once de la noche para bajar las porquerías que, con absoluto descontrol, había engullido durante la jornada. Antes de acostarme la llamé a la infiel, y después de escuchar su vocecita y verificar que estaba donde debía estar, me dormí tranquila.

El jueves siguió la calma, siguió el orden y siguió la ingesta desordenada de víveres varios. Fui a trabajar, volví, leí hasta tarde…

Los viernes también estoy en casa. Lavé ropa, limpié pisos, lustré muebles, comí de todo menos comida lógica, escribí un rato, visité a mi madre, tomé café con una amiga… lo de siempre; mi vida es poco glamorosa, acá entre nos. Ni limusinas en la puerta, ni pretendientes haciendo cola para invitarme a salir. Después de cenar liviano (café y bombones de menta) me quedé trabajando hasta muy tarde, corrigiendo unos escritos. Casi a las cuatro de la mañana, con el último bostezo y justo antes de apagar el velador, se me ocurrió pensar donde andaría mi niña. Estudiando no, seguro. Durmiendo, difícil. Lo más probable es que estuviera en “El Cuervo”, o en “El Ojo Bizarro”, o en “Pétalos”, o en “Jamaica”, o en alguno de esos antros que suele frecuentar con su pandilla: la Naye, la Dani, la Emi, la Flaca, la Mary, la Vale, la Negra… a todas las conozco desde chiquitas y son confiables, así que mientras anden juntas estoy tranquila. Todo lo tranquila que una madre puede estar con las cosas que pasan últimamente… confieso que me desvelé como si fuera la primera vez que mi hija salía de noche, y me pasé dos horas a puro té de boldo y antiácidos.

El sábado a las nueve de la mañana la llamé por teléfono para ver si ya venía. Una voz de ultratumba me contestó que sí, que al mediodía. Con enorme alegría reconocí la voz: ¡era Carla, mi Carlita!, que hacía apenas un rato se había acostado. Finalmente llegó para almorzar… a las cuatro de la tarde.

Ya pasaron tres semanas, falta una, y vuelve. La ausencia de mi hija me sirvió para darme cuenta de muchas cosas, a saber:

1) Que la soledad no mata, lo que mata es no saber que hacer con ella.

2) Que a pesar de mi desorden gastronómico y mis rebeldías domésticas, estoy madura para vivir sola.

3) Que mi vida es absolutamente mía, y que sólo depende de mí que sea una vida plena o un suplicio. Amo a mi hija, la extraño como se extraña todo lo bueno que uno atesora, extraño su abrazo, extraño la seguridad de saberla durmiendo en su cama, en su casa. Pero hay que sobreponerse a ese extrañar, para que no se vuelva una costumbre y uno quede clavado en la añoranza.

4) Que mi hija es importante para mí por ella misma y por ser quien es, no por los huecos que llena en mi vida. Hace ya muchos años que me hice responsable de todos mis agujeros, sobre todo los del alma. Algunos están llenos, otros siguen vacíos a la espera del contenido que les corresponda; mi hija fluye, mientras tanto, en absoluta libertad, sin la condena de hacerse cargo de las carencias de su madre.

En fin, que mi pichona puede irse cuando quiera y volver cuando le dé la gana. No voy a estar esperándola con los brazos abiertos, como suele decirse; además de cansador, me parece poco práctico. Sería como quedarme sin hacer nada, brazos abiertos, brazos vacíos, sólo esperando… prefiero recibirla con algo entre los brazos, sean frutos o semillas, para que nunca se sienta en la obligación de llenar mis huecos.

* * *

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de El Zonda de San Juan. Pasaron 5 años, muchas noches con Carla lejos de casa corrieron bajo el puente, y aquí estoy, como si nada. Todavía me cuesta un poco dormirme sin escuchar su voz, pero cada vez menos. Ahora puedo pasarme, digamos, tres o cuatro días sin saber nada de ella. Para cuando la nena cumpla 40, puede que si se va a vivir a otro país no me muera de angustia.

Hablando en serio, ¿cómo hacían nuestros ancestros para impulsar a sus hijos a abandonar el nido a edades tempranas, de ser necesario con un puntapié en el tujes? Ahora protestamos todo el día porque dejan tirado el toallón mojado en el baño, no se lavan ni un calzón, llegan tarde a todas partes si no los despertamos a horario, no desayunan si no les hacemos las tostadas y antes de lavar un plato son capaces de comer con los dedos… pero a la hora de poner las cartas sobre la mesa, en lugar de impulsarlos a ser independientes les decimos que lo piensen bien, que los alquileres están caros y es plata tirada, que en casa hay lugar (en la mía no, pero no importa), en fin, ponemos, y nos ponemos, todo tipo de excusas para que sigan junto a nosotros. ¿Será por miedo al nido vacío, o porque somos masoquistas? ¿Será porque todavía los vemos chicos, o será porque verlos grandes significa asumir nuestra verdadera edad, la del documento? ¿Será por miedo a que les pase algo y no estemos ahí para ayudarlos, o porque necesitamos que dependan de nosotros para que nuestra vida tenga sentido?

Ellos, claro, no ayudan para nada, porque están comodísimos. Y ahí está la madre del borrego, en que están demasiado cómodos. Para los maduritos como yo, la casa de nuestros padres era nuestra casa, sí, pero con reservas: era nuestra porque vivíamos ahí, pero los que decidían de qué color se pintaban las paredes, dónde iban los muebles y qué se compraba en el supermercado eran papá y mamá; cuanto mucho, nos dejaban decorar nuestra habitación, pero a ninguno de nosotros se le hubiera ocurrido poner en el living un poster de Alain Delón o de Charly García. Ahora, en cambio, si los dejamos se apropian de todo el espacio disponible, deciden qué música se escucha, a qué hora se come o se duerme, y si nos descuidamos, nos desalojan de nuestra habitación cada vez que se queda a pasar la noche su novio/a. El “mi casa” de las nuevas generaciones es casi una declaración de guerra: “esta también es mi casa”, dicen cuando nos resistimos a que nos llenen los estantes y paredes de adefesios; “esta también es mi casa”, dicen cuando intentamos recibir nosotros un novio/a, “esta también es mi casa”, dicen cuando nuestros amigos no les gustan.

El “mi casa” de mi época hablaba de amparo, del lugar donde nos sentíamos protegidos. El “mi casa” de ahora, me parece, tiene la arrogancia de quien clava una pica en tierra y dice “acá mando yo”.

Y es una pena, porque cuando el adulto de hoy sigue viviendo entre las mismas paredes que el niño que fue, se está perdiendo el desafío de construir un espacio propio, único, personal, y el placer de volver de vez en cuando a la casita de los viejos, allí donde quedaron sus recuerdos.