Semblanza de una madre modelo 1936

Hace rato que Madre me pide que escriba algo sobre ella para la posteridad. Hoy le voy a dar el gusto. Cuesta intentar una semblanza que no sea cursi, ni archisabida: ¿Qué se puede decir que no se haya dicho de la grandeza de las madres, de su capacidad de sacrificio, de su amor incondicional? De las madres en general, no sé; pero de la mía…

Les cuento.

Si tuviera que comparar a mi mamá con algo, sería con una topadora. Taurina de pura cepa, agacha la cabeza y arremete, hoy como ayer, contra lo que se le cruce. Últimamente arremete más que nada con la lengua, y bien brava que la tiene, pero en sus años mozos bastaba que una idea cruzara por su mente para que la llevara a la práctica. ¿Pintar una habitación en la casa de Rosario, que cada dos por tres dejaba caer sobre nuestras cabezas el reboque del techo? Ella sola corría todos los muebles, rasqueteaba, preparaba la pintura, y meta rodillo y brocha, a la noche uno dormía en un cuarto nuevo. ¿Arreglar el jardín de la casa de Unquillo, 1400 metros de terreno? ¡Una pavada! En un principio, fueron cientos de papas de dalia enterradas en primavera y desenterradas a comienzos del otoño; más tarde, incontables plantines de petunias renovados todos los años. Y entre tanto, millones de yuyos sacados a mano, y canteros carpidos de rodillas. ¿Coser vestidos para sus hijas? Con los moldes de la Temporada para niños y la Singer a pedal, cualquier retazo se convertía en un jumper, y los trajes de papá que le iban quedando chicos se reciclaban en pulcros trajecitos para nosotras.

Mamá tuvo una infancia pobre, de inviernos sin medias, abrigos escasos y zapatillas con agujeros en la punta. Apenas hizo la primaria, pero nos revisaba los cuadernos todos los días y nos educó mejor de lo que muchas profesionales educan hoy a sus hijos. Mi niñez, gracias a ella, tuvo cumpleaños memorables: todo casero, como se estilaba entonces, desde la torta hasta las empanaditas de copetín, las tarteletas, las cazuelitas de salchicha en salsa, las albondiguitas fritas… lo único que compraba eran los sandwiches de miga y las gaseosas. Y el cotillón… altos bonetes de cartulina decorados con lunares de papel glacé metalizado y volados de papel crepé, que los varones no querían ponerse, y collares hawaianos, que mamá comenzaba a preparar varios días antes cosiendo tiras y tiras de papel crepé en la Singer, con puntada larga y el hilo de la bobina flojo para poder fruncirlas y armar los collares más gordos, multicolores y prolijos que se pudieran imaginar.

Cuando recién nos mudamos a Córdoba, nuestros domingos en el río San Antonio también eran memorables: en el baúl del 404, dos heladeras de telgopor conservaban las vituallas, incluido el postre: frutillas con crema, budín de pan o alguna torta descomunal, decorada y todo… había que alimentar a la familia, y mamá lo hacía a conciencia.

No puedo menos que recordar con ternura su peinado batido de la década del ´60, similar al de la esposa de Homero Simpson; ni los “claritos”, moda absurda que la hacía parecer vieja a los treinta; ni sus osadas minifaldas cinco dedos arriba de la rodilla. No puedo menos que admirar su orgullo por lo que hacía, y por sus orígenes: de obrera en una fábrica de zapatos, veinte años después estaba dirigiendo a cien personas en su propia fábrica, la que empezó de la nada con su marido y que llegó a producir mil pares diarios. Cuando, poco más tarde, perdió todo, salió con la frente alta a buscar trabajo, peleando codo a codo con los hombres por un puesto de encargada. A los setenta años, sigue en el gremio; hoy trabaja en su casa, tiene un pequeño taller en el que es dueña y única empleada, y no pierde la esperanza de volver a tener su propia fábrica. Tozuda, mi vieja…

Y linda. Tan linda es, que salió Miss Alberdi allá en Rosario, cuando tenía veinte años. Vieran la foto… nada, nada que envidiarle a las bellezas de su tiempo, ni a Sofía Loren, ni a la Bardott, ni a la Lollobrígida. La corona que la Miss luce en el retrato, de cartulina con lentejuelas pegadas, no alcanza a desmerecer su glamorosa belleza, aunque señala que el barrio no era de lo más “caté”… pero no se lo digan, porque se ofende.

Si tuviera que elegir, de entre tantos, un recuerdo querido de mi infancia, elegiría el más viejo: mamá leyéndome un cuento, siempre el mismo, que antes de los tres años me aprendí de memoria de tanto escucharlo: “Galopito era un potrillito que, ico, ico, llevaba a pasear a los animalitos del bosque. Pero un día…”. El impulso apremiante de dar vuelta la página para ver como siguen las historias, las de los libros, y a veces las de mi vida, las que releo por décima vez y las nuevas, no me abandonará jamás. Eso no tiene precio, y se lo debo a mi mamá. ¡Feliz día, vieja! Eso sí, no protestes si me olvidé de algo, que tantas virtudes tuyas no caben en un artículo como éste…

(Publicado en El Zonda de San Juan, en mi columna Peperina Exprés)