Flores de papel

Se llaman zinias, pero las descubrí como “flores de papel”. Fue hace casi cuarenta años, cuando llegamos a vivir a Unquillo, a una casa que nos quedaba enorme sin serlo, sólo porque no estábamos acostumbrados a tanto espacio y mucho menos, a tener un jardín con árboles y flores.
Mi casa de Rosario era un viejo departamento de esos que ya casi no queda ninguno, y que estaban al final de un largo pasillo, larguísimo para mis seis, siete años. Uno de esos departamentos en los que el cielorraso se desprendía en trozos considerables, que al pegar contra el piso levantaban una nube de polvillo blanco que demoraba en asentarse. Uno de esos departamentos en los que las piezas no tenían ventanas sino puertas que daban a un patio de dimensiones mínimas, y que, para compensar la falta de sol, tenían altillo y terraza. Dos piezas, cocina, baño, patio, altillo y terraza, con un poco de buena voluntad, pueden albergar a un matrimonio joven con dos hijas pequeñas y una incipiente fábrica de zapatos, a saber: el aparado y cortado en el altillo, la máquina de rebajar cortes en el comedor/dormitorio infantil, la máquina de asentar, que hacía un ruido terrible, en la cocina, el armado en un mínimo lavadero que había junto a la cocina y que mi papá techó con chapas, y la “Paulina”, la máquina de raspar suela y cepillar, que era la más sucia, en el patio, protegida en el hueco de la escalera. La terminación final y la puesta en caja de los zapatos la hacía mamá en el comedor, cuando ya no se usaba más la mesa y mi hermana y yo estábamos dormidas.
En esa casa había calor de hogar: estábamos todo el día juntos, y con semejante amontonamiento no había espacio ni para que se colara el frío. Cómo habremos vivido de bien, con ese bienestar que no lo da el dinero sino el amor, que hasta teníamos mascotas: nuestra terraza supo albergar un tero, dos patos, tortugas, y al Mishi.
El Mishi se vino con nosotros a Córdoba, prolijamente embalado en un cajón de verdulería. Después de unos meses en barrio Pueyrredón, en una casa más grande y nueva pero sin jardín, nos mudamos a Unquillo: tres dormitorios, garage, etc. etc., más 1400 metros de terreno, cuatro pinos, cuatro paraísos, dos aljibes, dalias, rosales, ¡pasto, muchísimo pasto! y flores de papel. ¡Todo eso era nuestro, y del Mishi! Y poco después de los perros de turno, y de las gallinas, y cuando se murió el Mishi de los gatos que siguieron.
Pronto descubrimos que tanta “opulencia” tenía su precio, y que para tener flores hay que regar plantas. Las dalias, que eran el desvelo de mi mamá, no podían pasársela sin agua. Menos mal que ahí estaban las flores de papel, para compensar. Eran de una belleza modesta y digna, con sus tallos y hojas ásperos; cuando se secaban se les caían los pétalos y quedaban todas las semillas juntas en el medio, y entonces las arrancábamos y las desparramábamos por los canteros para que siguieran naciendo plantitas nuevas. Había de todos colores: naranja, fucsia, rojo, rosa, lila…
A papá le fue muy bien, tanto que decidió remodelar la casa y con la desmesura que a veces lo caracterizaba, faltó poco para que la tirara abajo completa. Los cuatro paraísos cedieron su lugar a una cochera doble, y los cuatro pinos, a la pileta. Y nos quedamos sin árboles, y lloré por ellos; fue cruel verlos morir con las ramas tronchadas, indefensos como mártires. Las flores de papel, las arvejillas, las espuelas de caballero, los alelíes, las violetas, todas nuestras plantas casi silvestres, que se apretujaban a su antojo con las dalias y las rosas, dieron paso a plantas de vivero: petunias, pensamientos, un sauce de hojas enredadas muy presuntuoso, unas yucas pinchudas y mal llevadas y tres jacarandás escuálidos que se helaban todos los inviernos y no alcanzaban nunca a brotar con fuerza.
Mientras se hacían las reformas, habíamos vivido enfrente; cuando todo estuvo listo y pudimos mudarnos papá no volvió con nosotras (otra mujer…) y a la casa, que ya no era la misma, le costó seguir teniendo calor de hogar.
Después nació mi hija, y me trajo el sol. Y fue otro el camino, otro el desafío, otras las batallas, otros los premios; míos, sólo míos.
Entre adioses, desencuentros y responsabilidades, aprendí que cada vez que uno gana ciertas cosas pierde algo que en el fondo es más valioso, porque no tiene precio. Cuando se alcanza la fama, se pierde paz. Cuando se gana mucho dinero, o prestigio, se pierde libertad, porque el tener lleva implícito el miedo a perder lo que se tiene y eso condiciona. Cuando se está en la cima del poder, se pierde la perspectiva de dónde se está parado: sobre la misma tierra que los demás.
Nuestra casa de Unquillo llegó a ser una de las más codiciadas del pueblo, pero lo que para algunos era motivo de envidia para mí tuvo un precio demasiado alto: ya no estaban mi familia, ni mis pinos ni mis flores de papel, que se quedaron allá lejos, en la infancia, en esa época en que para ser feliz basta con sentirse dueño del pasto, de un árbol, del agua del aljibe, de la luz que entra por las ventanas.