De mudanzas, carretillas y palabras

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Si hay algo incompatible con la escritura, es una mudanza. Esta vez no me tocó trasladar mis pertenencias sino las de mi madre, y la verdad, no sé si no fue peor, porque una cosa es lidiar con los bienes propios y otra con los ajenos.

Empecemos por los preparativos previos. Dejarla a madre embalar sus cosas significaba que en una misma caja convivirían bombachas, tazas, la azucarera llena, un paquete de fideos, carreteles de hilo y el jabón en polvo; cuando la vi en acción respiré hondo, traté de que no me diera un ataque de caspa y le dije que se quedara tranquila, que yo le acomodaba todo.

Y le acomodé todo. Comencé prolijamente, en cajas chicas con rótulos que decían “cocina”, “baño”, “dormitorio”, etc., como para que se pudiera saber dónde irían a parar. Eso fue al principio; después empecé a dejar las cajas abiertas, para que a simple vista pudiéramos ver qué había en cada una. Mientras madre miraba postales viejas y me contaba la historia de quienes las habían enviado, yo le iba preguntando “¿Esto te sirve?”, como para no meter la pata y tirar lo que no debía. Cuando llegamos a la cocina la cosa se complicó. Mi vieja es de las que abren un paquete sin haber terminado el que está en uso, así que había restos de yerba de varias marcas, puchitos de fideos, harina o polenta vencidos en el 2005 o antes, decenas (sí, decenas) de envases vacíos de todo tipo, tamaño y material, y utensilios cuya existencia y forma de usar ella había olvidado, de tan escondidos que estaban.

Y así con cada habitación. Fueron días de labor paciente y prolija, de esforzarme en recordar dónde, en qué caja, había quedado tal o cual cosa, de hacerle compañía para que le afectara menos el despojo de las paredes y los armarios, de ir y venir de mi casa a la suya (vivía a una cuadra) trayendo cada vez alguna cajita para aligerar el viaje final y que nos saliera más barato el flete.

Y tan literalmente nos tomamos lo de aligerar el viaje final, que hicimos la mitad de la mudanza en carretilla. Fue desopilante. Parecíamos cirujas, mi hermana, mi hija y yo, acarreando cajas, sillas, almohadones y cuando objeto chico o mediano pudiéramos cargar en la carretilla. Las chusmas del barrio se habrán hecho un picnic, supongo, y todo el mundo nos miraba como diciendo: “¡miserables!”

¡Pero qué libre se siente uno cuando le pierde el miedo al ridículo! ¡Qué poderoso! ¡Qué invencible! Allá íbamos nosotras la frente en alto, mujeres solas, sin novios, sin maridos ni vecinos que nos dieran una mano, llevando los bártulos de nuestra madre primero cuesta arriba y después cuesta abajo y entrándolos con amor a la casita nueva, que está justo enfrente de la mía. La sangre de nuestros ancestros inmigrantes nos bullía en las venas y nos daba fuerzas físicas y morales; “la están mudando a mamá, a la abuela, y andar escaso de fondos no es ninguna deshonra”, parecían decirnos desde el más allá.

Cuando llegó el día D, para el flete habían quedado nada más que los muebles pesados y para nosotras, los dos perros. El salchicha no opuso resistencia, pero llevarlo al Roqui no fue sencillo. El Roqui es igualito a Alf, nunca usó collar ni estuvo atado. Le abrimos la puerta y lo llamamos desde la calle, y nada. Hicimos ademán de irnos y ahí se quedó, mirándonos desde el jardín. Terminamos enlazándolo como a un ternero, y mi hija lo arrastró corriendo hasta la casa nueva mientras el pobre Roco clavaba las patas traseras en el asfalto y trataba de morder la soga que lo aprisionaba.

Quedamos agotadas, pero felices.

Ahora que todo pasó, que estoy retomando mi vida de a poco, que puedo sentarme a escribir otra vez (hace como un mes que no escribo nada), tomo conciencia de que hay momentos en los que postergar lo propio tiene sentido. Mis novelas pueden esperar, tengo el resto de mi vida para escribirlas y si no las escribo, poco pierde el mundo. Pero mamá, mi hija, mi hermana, mis amigos… ellos están ahora, me necesitan y los necesito hoy, y aunque a veces me gane la impaciencia, y quiera encerrarme, desconectar el teléfono, aislarme del mundo y ponerme a escribir, algo muy dentro mío sólo me deja hacerlo de a ratos, cuando nadie reclama mi presencia.

No sé si eso está bien o si está mal, si debería ser más egoísta y poner límites o si debería ser más organizada, o más perseverante, o más voluntariosa, o soñar menos y producir más. Tal vez aún no sea tiempo, no sea MI tiempo de cosechar. O tal vez deba ser así, tal vez mis mejores páginas sean las que nunca escriba, las que no alcanzan a llegar hasta el papel porque en el medio siempre hay algo que hacer, las que se me esfuman de la memoria mientras intento acomodar las palabras de otros cuando corrijo, las que se quiebran dentro mío como hojas secas mientras tomo café con una amiga que está triste, las que dejo morir de inanición mientras escucho, hablo, comprendo y tiendo mi mano.