Despacio, perros y niños sueltos


Casi todos los días hay que lamentar algún accidente protagonizado por un “perro asesino”.

Muchos años atrás, eran los doberman; hoy, son los dogos, mastines, pittbull o rottweiler los que pagan los platos rotos de una situación que tiene un solo responsable: el hombre y su afán enfermizo de convertir a otro ser vivo en una máquina de matar.

Siempre he tenido perros, y salvo una ovejero alemán pura el resto han sigo callejeros. Animales nobles, unos más obedientes que otros, pero nunca lo suficientemente agresivos como para atacar a nadie a mansalva, y lo bastante guardianes como para disuadir a quien intente entrar sin mi permiso. Confieso que mis perras han estado en la calle más de lo aconsejable, que han corrido motos y bicicletas y le han pegado un susto (sin mordisco) a más de uno, cosa que no está bien, que no debería ser, y que trato de evitar. Confieso también que aquí, como en tantos lugares, es normal que los perros estén sueltos en la calle, y que esto trae problemas como peleas entre ellos, bolsas de basura rotas, y de vez en cuando alguna persona tarasconeada. Son hábitos que debemos cambiar, y que cambiarían mucho más rápido si las autoridades se decidieran a intervenir, ya sea cobrando multas, educando a la población (sobre todo a los chicos en las escuelas), haciendo campañas de esterilización gratuitas, o donando rollos de alambre tejido para que quienes no pueden comprarlo cierren sus terrenos y mantengan adentro a sus animales.

Pero lo cierto es que esta vida chúcara nuestra, en la que las cosas son como no deben ser, de a ratos tiene su encanto, como todo lo prohibido. Es lindo ver, a la mañana temprano, cómo los perros van y vienen corriendo por la cuadra, jugando unos con otros, alegres de encontrarse.

Porque los perros necesitan eso, estar con otros perros, olerse, hacer como que pelean, correr.

Hasta eso de las nueve, es la hora de hacer sociales. Después, ya más tranquilos, se tienden al sol, y salvo que alguna moto interrumpa la paz serrana o su dueña enfile hacia el almacén y decidan seguirla, no se levantan por un buen rato. Dormir al sol, y que sea lo que Dios quiera. Quién pudiera…

Cuando mi calle era de tierra no pasaba casi nadie, y nuestros hijos y perros vivían en paz yendo de casa en casa, andando en bicicleta, jugando a la pelota. Ahora pasa gente desconocida, y muchas motitos conducidas (mal) por chicos y chicas que van y vienen de día y de noche, y la perrada se insubordina. Y nosotros también; el pueblo va queriendo convertirse en ciudad, algo que, gracias a su trazado defectuoso, nunca llegará a mayores, pero con lo que ha crecido ya es suficiente, el cambio se nota. Cómo será, que hace unos años estuve a punto de pintar un gran cartel para poner en la esquina: ENTRE DESPACIO, PERROS Y NIÑOS SUELTOS. Ya que van a transitar, que no molesten y lo hagan con prudencia…

En recuerdo de esa época en la que perros y dueños éramos los amos de nuestra cuadra, en el 2003 escribí para mi columna Peperina Exprés, del diario El Zonda de San Juan:

Brigada de lujo


En estos tiempos violentos, cada uno se defiende como puede. Algunos compran armas, instalan alarmas o refuerzan las cerraduras, otros contratan guardias privados, hay barrios organizados con silbatos y llamadas telefónicas… a la hora de enfrentar al enemigo de lo ajeno, todo vale, o casi todo.

Yo vivo en Río Ceballos, a 35 km. de Córdoba capital, y aunque el índice delictivo es menor que en las grandes ciudades aquí también nos preocupamos por la seguridad. En mi cuadra, como en casi todo el pueblo, contamos con la presencia preventiva y disuasiva de una brigada de lujo. Nuestros custodios son un hallazgo: naturalmente equipados para todo terreno, trabajan 24 horas corridas y al momento de cobrar no tienen pretensiones: les pagamos en especie, cualquier sancocho les viene bien.

Comanda la brigada el legendario Batuque, héroe sobreviviente de numerosos enfrentamientos con invasores de todo tipo: nafteros, diesel, equinos, caninos y felinos. Tiene más cicatrices que pelos, pero todavía aguanta. Lo secundan dos muchachas bien fornidas y de garrones tomar: la Angelita y la Caty, quienes a la hora de intimidar y poner en fuga a los sospechosos no se andan con chiquitas. La Negra aporta lo suyo, esa es más tranqui pero disuade por presencia. También debemos contar al benjamín de la patrulla: el único hijo reconocido del Batuque, el Laqui, que como parece dálmata pasa por inofensivo pero tiene su carácter, aunque está en la edad del pavo. Y otra joven promesa, el Panchito, que tiene apenas tres meses pero ya enseña los dientes.

Todos estos efectivos patrullan día y noche la vía pública sin ningún tipo de restricciones, para tranquilidad de los habitantes de la cuadra y para desgracia de quien deba transitar por nuestra calle, venga a pie, en bicicleta, en moto o a caballo. La más añosa de la brigada, la intrépida Belka, nuestra campeona olímpica de salto en alto y escalada de alambrados, ha sido relegada a tareas administrativas por su propia seguridad (con 15 años, ya no está para andar arriesgando el pellejo), y observa con nostalgia al resto de la tropa, ladrando cuando hace falta.

Y por supuesto, está la reserva, que atrincherada en los fondos cumple una tarea limitada y anónima pero igualmente efectiva. Al menor movimiento de hombre, bestia o espectro nuestros perros hacen oír sus voces, de oeste a este y de sur a norte, con un exceso de celo que ni la más sofisticada alarma podría igualar.

No encontraremos nunca mejores guardaespaldas para nuestros hijos, porque donde están ellos allí están los perros. Confiamos vidas y bienes a una fuerza policial heterogénea y abnegada, cariñosa y valiente. Tal vez seamos algo ingenuos, pero vivimos tranquilos. No tenemos un peso para móviles ni para comprar balas, pero con semejante provisión de colmillos… ¿Quién se nos va a animar?

Vaya este humilde homenaje para Belka, Batuque, Laqui, Negra, Panchito, Angelita, Caty, y para los que ya no están entre nosotros pero que estarán siempre en nuestros corazones: el Colita, la Cindy, y todos los demás. Y un saludo especial para Víctor bebé y Roqui, de la otra cuadra…