Por el país, por todos

Veinte días de paro agropecuario y cortes de ruta no es algo fácil de sostener, ni para los que están en los piquetes ni para el resto, los que vimos cómo se iban vaciando las góndolas de los supermercados y nos sentíamos como en el túnel del tiempo al recordar épocas oscuras: el desabastecimiento, la hiperinflación, los saqueos.

Tampoco para el gobierno, que si no es ciego, ya debe haberse dado cuenta de que va a tener que actuar de otra manera si quiere mantener la gobernabilidad de un país grande y diverso como es el nuestro.

En lo personal, no estoy de acuerdo con los cortes de ruta, ni en este caso ni en ninguno; mucho menos si son por tanto tiempo. Pero apoyo la protesta del campo porque la producción agropecuaria es una actividad de riesgo, y porque por cada productor “rico”, hay cientos, miles que no lo son. Y si bien no puedo opinar sobre cuestiones más específicas, de las que recibo información absolutamente contradictoria (la soja sí, la soja no…) hay algo sobre lo que sí puedo opinar, porque es mi derecho como ciudadana, y sobre lo que todos tendríamos que opinar: el gobierno que queremos, el país que quisiéramos tener.

Como hija de un pequeño industrial, y por llevar en la sangre desde muy chica el orgullo de haber visto a mis viejos luchar por su fábrica y hacerla crecer, quiero un país en el que se premie al que produce, al emprendedor, al que arriesga, y se carguen las tintas sobre el que evade o el que especula. Como argentina, quiero un país en el que el pobre no dependa de un bolsón o de un subsidio, sino que tenga la posibilidad de capacitarse, TRABAJAR, sentirse útil, saberse necesario para algo más que ir a hacer bulto en un acto de apoyo al gobierno de turno, o a algún candidato; quiero un país en el que los ricos compartan, por qué no, pero dando trabajo en blanco y con buenos sueldos, y pagando los impuestos que POR LEY (no por decreto) les correspondan.

No creo que el bienestar del pobre dependa del despojo al rico, y mucho menos al que produce. Me parece, en todo caso, que debería depender de reglas de juego claras por parte del gobierno, de políticas económicas, educativas y de salud concretas y coherentes, y sobre todo, de que las cadenas de responsabilidades estén bien aceitadas, para que se sepa dónde se van perdiendo, o a qué bolsillo van a parar, los millones de pesos que el gobierno malgasta.

Y es porque quiero todo eso, que el estilo de nuestra presidenta me gusta cada vez menos. Si pudiera conversar con Cristina Kirchner le diría, con todo respeto, que no ahogue al que produce, no desprecie la opinión del que disiente, no presione a los gobernadores e intendentes que no le son adictos. Y si de verdad quiere honrar la memoria de sus compañeros, la gente de su generación que luchó por un ideal, gobierne con honestidad y grandeza de espíritu.

También le diría, de paso, que el país no es el Calafate, la Capital Federal y el conurbano bonaerense. Hay muchas cosas que resolver, y mucha soberanía por defender. Y no lo va a conseguir rodeándose de matones, o gremialistas que se eternizan en su puesto prepoteando a las bases.

Si pudiera seguir conversando con ella después de esto, le contaría que la mayoría de los argentinos no creemos más en una Plaza de Mayo llena, y le preguntaría si ella se la cree. Todos, y ella también, supongo, sabemos cómo se manejan EN CASI TODOS LOS PARTIDOS POLÍTICOS los aparatos partidarios, cómo se recluta a los que asistirán a un acto multitudinario.

Lo he visto hacer acá, en mi pueblo; todos sabemos, en todo el país, de algún triste candidato a concejal, o a intendente, que amenaza con quitar un bolsón o dejar sin el plan trabajar al que no lo vote.

Si todavía no me hizo echar por sus edecanes, le haría notar que su problema no es ser mujer; es no darse cuenta de que está gobernando un país que es varios países, todos distintos, y que no todos caben en el mismo molde. Y ella, como presidente, tiene que saberlo, y sus ministros también. Y tienen que sentarse a concensuar con todos, y por el bien de todos. Necesitamos una presidenta inteligente, mesurada, con cintura política, y que esté rodeada por un equipo capaz de buscar soluciones creativas. Y que cuando le hable a TODO el país lo haga desde su despacho, y no desde una tribuna partidaria y ocasionando gastos que pagamos todos. Y que no confunda la desconformidad con el ánimo golpista: durante el tiempo que le falta gobernar la van a poner en jaque no una, cien veces, y es lógico que así sea porque para eso está donde está, para solucionar los problemas del país. No es Miss Mundo, Cristina -le diría-, es la presidenta de los argentinos.

Pero quédese tranquila, que si hubiera una mínima posibilidad de un golpe de Estado, los que la criticamos saldríamos a defender la democracia. No a usted, tal vez, pero sí a la democracia, al orden institucional.

A estas alturas, le pediría un vaso de agua y le seguiría diciendo que me parece que hoy, el país es otro, y que van a tener que cambiar las reglas del juego porque el interior quiere lo suyo, porque lo que empezó siendo un reclamo puntual por las retenciones a la soja destapó la olla de todo lo que no funciona bien en la relación entre el Estado nacional y las provincias, algo que ella y su equipo seguramente no se esperaban.

Ojalá sea así. Ojalá esto sea el principio de otra manera de pensar la democracia, y de ejercerla.

Ojalá nos permita crecer como país, como sociedad. Creo que ahora más que nunca, en las provincias tenemos que apoyar a los pequeños y medianos productores agropecuarios, y también a los microemprendedores, y a las Pymes, y unirnos para lograr lo que todos necesitamos, y lo que Cristina dice querer: una mejor distribución de los recursos.

¿Qué entiende ella por eso, qué entendemos en el interior? Creo que ahí está el problema: en que estamos hablando de cosas distintas. Para ella, me parece, distribuir recursos es manejar a discreción la caja de todos. Para el interior, la distribución de recursos debería pasar porque cada gobernador reciba lo que le corresponde, lo que le hace falta, sea o no amigo del gobierno central, y lo distribuya de la misma manera, sin fijarse en el color político, entre los intendentes.

Ese es el desafío, me parece. Llevamos más de treinta años de una democracia desprolija, imperfecta, pero gracias a Dios, ininterrumpida, y es hora de que empecemos a debatir en profundidad cómo sigue esto, como lo podemos mejorar.