Casi otoño…


…y las sierras van mostrando uno que otro manchón amarillo, y las hojas del árbol de mi vereda se disponen a caer y amontonarse en la entrada de casa, donde quedan porque sí, porque me pertenecen, porque me gusta verlas ahí, donde forman como un felpudo mullido que me recibe al pie de la escalera. Nunca las barro ni las levanto, necesito sentirlas debajo de mis zapatos cuando vengo cansada (acá en Río Ceballos, todo está en subida), pisarlas es como un conjuro contra el afuera, el mundo, lo ajeno.
Casi otoño y yo empiezo a meterme hacia adentro, a reencontrarme con la melancolía de los días cortos y el atardecer temprano y la llovizna cayendo sin hacer ruido, como una sombra de tul que envuelve el paisaje. Casi otoño, abrigarme y cruzar a lo de la Elsa (así se dice en Córdoba, “la” fulana, “el” zutano) a tomarme unos mates, o de vez en cuando irme con la Cris a caminar por la orilla del río, o visitarla a Madre y compartir un té con criollos tostados. O una larga charla telefónica con mi hermana o con mi otra Cristina, la Loza, contándonos los entuertos de nuestros personajes y los propios, éstos más difíciles de resolver, a veces. O una merienda de dos horas mano a mano con mi hija; es increíble todo lo que se puede hablar con los hijos, cuando uno quiere. O el silencio, ese silencio de no querer ni poder escuchar, metido hasta los huesos mientras escribo.
Casi otoño, la vida de todos los días pero con menos sol y más ganas de abrazos. Y en el medio, trabajar con los alumnos, con las correcciones, y hacer proyectos a los que no siempre les doy el envión necesario para que se conviertan en realidad; los cientos de bocetos de un dormitorio al fondo del que todavía no puse la piedra fundamental, dan fe de que planes (y planos) hago muchos. Y las novelas que tengo en mente pero sin empezar, también.
¿Para qué apurarse? Si ya es casi otoño y podría quedarme sentada acá, mirando el cielo gris por la ventana, con una taza de café calentándome las manos y el espíritu, por los siglos de los siglos.