Adagio sostenutto


El tiempo es un misterio insondable para mí. Nunca sé dónde está, ni dónde empieza ni cómo se termina.

Tengo la sensación de haber nacido con un hueco en el alma por el que se me escurren los minutos, las horas… y no puedo encontrarlo. Busco, insisto, doy vuelta los bolsillos, reviso las costuras, pero nada, el agujero no aparece. Y me cuesta vivir con esa sensación de que algo se me escapa vaya a saber por dónde. Creo que estoy haciendo muchas cosas y de repente nada, mi trabajo se esfuma dejando alrededor el mismo caos de objetos sin destino y tareas inconclusas. Algunas veces, cuando tomo conciencia de lo que está pasando, consigo detener por un momento mi marcha delirante por la casa, mi trajín afiebrado e inútil. Porque en definitiva hago muy poco, voy y vengo hasta que me duelen los pies y llego hasta el absurdo de ver televisión parada. Como si caminando todo el día fueran a desaparecer las telarañas, la tierra, el desorden…

A veces, decía, me detengo un momento. Y mis ojos se clavan (no se posan; posarse es algo suave, dulce; no, mi mirada está llena de puñales) y mis ojos se clavan en un punto, o en uno de los tantos objetos incongruentes o queridos que andan desparramados por la casa como parias. Puede ser en las fotos de mi hija, en un libro, en una de mis plantas, en una zapatilla que no alcanzó a esconderse debajo de la cama, en el piano… ¡el piano!


¡Qué hermoso que era el piano! Me lo trajeron los reyes cuando tenía diez años. Recuerdo que yo había pedido otro regalo y ni loca soñaba con un piano. Pero papá soñaba por los dos, así que cuando desperté y enfilé por el pasillo rumbo al living… ahí estaba, soberbio, negro, enorme, magnífico, brillante… sobre todo magnífico y enorme. Si hubiera sido marrón o caoba no me habría parecido tan enorme. Pero era negro, duramente negro, con un recuadro de hojas y rosas tallado en el frente ¡y las marcas de dos candelabros! Majestuoso. Papá no regalaba cosas intrascendentes; su obsequio era siempre el más grande, el más caro. Y éste era un señor piano; era un piano de estirpe, con linaje, con cuatro apellidos.

Tenía (tiene) las teclas de marfil auténtico, amarillas y gastadas. Con los años de estudio terminé por saberme de memoria cada pequeña imperfección de esas teclas como si fueran parte de la piel de mis dedos.

A pesar del fastidio por los largos y aburridos ejercicios de técnica, las odiadas escalas y las octavas staccatto que me hacían doler las muñecas, había como una magia entre los dos. Tal es así que nunca me gustó que me escuchen tocar; yo no tocaba el piano para nadie, tocaba para mí. Como quien reza solo, cuando nadie lo ve más que su Dios, así es como sentía yo la música. Era un rito, el piano, yo, los libros con olor a viejo, y la música, imperfecta y pagana pero mía. Había una comunión muy especial entre mi esfuerzo y su respuesta. Si me dolían las manos y se me resentían los antebrazos, él me premiaba finalmente con un acorde más preciso, un arpegio más claro o un trino más nítido. Como corresponde. A uno le enseñan desde chico que nada se consigue sin trabajo, sin dolor, sin sacrificio. Nada bueno, se entiende. Y la música era la gran confirmación de esa verdad. Cuando más estudiaba más puro era el sonido, más límpido y más grato a mis oídos.


A los dieciséis años uno no sabe nada de la vida. Y yo hacía el amor con la música, mis dedos hacían el amor con las teclas del piano; mis manos esqueléticas iban, venían, saltaban, volaban y danzaban, libres sobre el marfil amarillo y gastado. A veces me quedaba mirándolo, y después le acariciaba las rosas talladas del frente con los ojos cerrados. Dulcemente, para no despertarlo. Con la misma ternura que si fuera un amante dormido. Y era una ceremonia, el piano, yo, la música, y ese olor especial de la madera vieja (como de naftalina, humedad y alcanfor, todo mezclado) que parecía salir de entre las teclas.


Ahora, a los treinta y tantos, sé muchas cosas de la vida. Muchas. Algunas no me gustan. Y cambiaron, también, algunas otras. El tiempo, sobre todo. Ahora corre como un caballo loco, huye de mí como un animal espantado, como el viento… No tengo tiempo para nada, ahora. Ni para pensar, ni para sentir, ni para creer, ni para crear, ni para crecer. Ni para esperar. Me paso el día corriendo detrás de cada cosa impostergable que debo hacer ya, hoy mismo, como si por no hacerla fuera a morirse el mundo. Hasta en sueños camino, corro, llevo, voy y vengo, y cuando me despierto me duelen los pies.


Y ahí está el piano. Viejo, desvencijado, con su olor a madera enmohecida, triste, opaco y algo desafinado. Mis dedos, que lo amaban, sólo pueden buscarlo torpemente. Intento una de aquellas melodías y me trabo, fallo todas las notas y no mantengo el ritmo. Es como querer hacer el amor con alguien después de mucho tiempo sin tocarlo, sin sentirle la piel. Uno no sabe cómo ni por donde empezar. Hasta que, lentamente, las manos recuperan su memoria y van probando, vacilan, se demoran, se animan, se aflojan…


Mis dedos están torpes, mis ojos ya no leen las notas al instante, y mi mente y mis manos no coordinan. Pero qué ganas tengo de sentirme como antes, cuando hacía el amor con la música, sólo con la música…

Este es un texto viejo, lo escribí en una época de mi vida en que sentía que el mundo me iba a caer encima y que no sería capaz de sostenerlo sobre mi espalda. Pero pude. Superé la tristeza, la soledad, la falta de autoestima, la angustia de no saber qué comería al día siguiente, cómo pagaría mis cuentas, de qué podría trabajar. Y en el camino, crecí. Y escribí un libro de humor, y me lo editaron. Y empecé a quererme, y a darme permiso para ser yo misma sin sentirme obligada a ser la mejor. Y seguí escribiendo como pude, hasta tener una novela terminada. Y empecé a tomarme la vida con calma, tratando de aceptar lo que, como dice Julio, “está en la naturaleza de las cosas”, donde hay de todo: desamor, injusticia, ingratitud, pero también nobleza, generosidad, amor y reconocimiento.

Hoy puedo mirar atrás con el corazón en paz, sabiendo que si me equivoqué, si amé de más o amé de menos, fue porque no estaba en mi naturaleza el poder hacerlo, en ese momento, de otra manera.

Hoy miro el piano, el que me trajeron los reyes hace casi cuarenta años, y me doy cuenta de que puedo recordarte, papá, con la emoción que no me permití sentir cuando te perdí. Miro mis muebles, del más puro estilo rejunte, el caos de papeles, libros y carpetas que entre Carla y yo acumulamos por todas partes, las cortinas de esterilla que dejan entrar el paisaje y el sol apenas tamizados, escucho los ronquidos de Preta,una de mis perras, que duerme plácidamente a mis pies, bajo el escritorio, pienso en los que quiero… y amo mi pequeño mundo, ese que me alcanza para ser feliz.