Reencuentros

Dios nos cría y la vida nos amontona… o nos desparrama. Cuando terminamos el secundario tenemos apenas diecisiete, dieciocho años, de los que hemos pasado casi la tercera parte, o más, con los mismos compañeros, y tenemos la firme convicción de que seguiremos siendo amigos “para siempre”, tan fuerte es el lazo que nos une a ellos.
Pasa el tiempo, y de repente vemos que con algunos sí lo somos y con otros no, que hay gente a la que le gusta volver a encontrarse y a otra que no, que a unos nos tira la nostalgia y a otros no tanto. Entonces nos juntamos cada cinco, diez años, para volver a mirarnos en el espejo de lo que ya no somos pero en el fondo seguimos siendo, y cuando estamos juntos se produce la magia y surge la chispa en la mirada, el gesto con el que estamos fijos en algún lugar recóndito de la memoria de los otros, y nos sentimos otra vez nosotros, así en plural, nosotros, los que fuimos.
Confieso ser del bando de los nostálgicos; no porque no asuma el presente, no, sino porque los afectos del pasado siguen latiendo en mi corazón y no quiero que dejen de estar ahí. Ayer estuve tomando mate toda la tarde con Sara, con la que somos amigas desde los doce años, y con Miriam, otra ex compañera de secundario que vive en Rosario y a la que no veía desde nuestro egreso, hace treinta años. Cinco años juntas, treinta sin vernos. Toda una vida. Y sin embargo ahí estábamos, como si nos hubiéramos visto ayer, contándonos todo lo que no sabíamos unas de las otras: trabajo, hijos, maridos, preocupaciones, sueños…
Parece mentira que el corazón tenga tan buena memoria, que sea tan sabio, que sepa por instinto dónde y con quiénes estamos “en casa”, en ese espacio atemporal en el que podemos ser nosotros mismos en nuestra dimensión total: los que fuimos, los que somos. Y en el que no importan los kilos, las canas ni las arrugas: la esencia no muere; salvo que la dejemos morir, no muere.
Este mes viene de reencuentros; hace unas semanas, gracias al blog apareció Mirta, hermana de otra ex compañera que también se llama Miriam. Y para completarla, en el acto de fin de año de mi antiguo colegio se hizo un homenaje a los que cumplían veinticinco años de egresados y volví a ver mis ex profesoras de inglés, matemática, contabilidad, geografía económica, derecho y literatura. Fue demasiado; ahí estaban, tan lindas, tan plenas, felices de reencontrarse con sus ex alumnos de hace veinticinco, treinta años, hoy tan adultos como ellas, casi de la misma generación…
Miriam Argiró, mi amada profe de literatura, dijo el discurso en nombre de sus compañeras. Cerré los ojos y la vi al frente del curso, casi recién recibida: su voz, cuando consiguió vencer la emoción, era la misma con que se apasionaba hablándonos de Borges, de Rulfo, con el entusiasmo del que ama lo que hace. “La Cortéz” tenía los mismos ojitos dulces de entonces, el mismo pelo finito, que por primera vez acaricié con ternura; “La Vanelli” estaba distinta, no tenía el pelo larguísimo que era su sello distintivo y eso me desconcertó; Miriam Zhorn (perdón si el apellido no está bien escrito, profe) seguía tan distinguida, bella y rubia como cuando me entregó el diploma; “La Minetti”, que debutó con nuestro quinto año y que nos hacía acordar a Liza Minelli, parecía detenida en el tiempo, de tan igual. Y “La Julita” Torres Argüello… ay, la saludé moqueando: es la mayor de todas, yo la recordaba, tal vez por el tamaño de su calidad como profesora, grande, imponente… y está chiquita, frágil, pero con la memoria filosa y la lengua pronta de hace ¡mi Dios! treinta años.
Y yo… que puedo decir, soy la misma llorona pavota de entonces, con el alma en carne viva y llena de parches pero con las mismas ganas de abrir el corazón y entregarme al reencuentro con los que amé, con los que siguen viviendo en mí.