Espítiru navideño

Se supone que uno, para estas fechas, debería estar imbuido del espíritu navideño. Y lo está, en realidad; hasta los que prefieren hacer de cuenta de que no existen están influenciados por ellas, porque si no fuera así no renegarían tanto, las ignorarían y listo.
A mí todos los años me pasa lo mismo. Mientras estoy comprando los regalos me prometo que para el año siguiente será distinto, que los compraré con tiempo y los elegiré con cuidado, que si compro uno por mes puedo gastar un poco más en cada uno, que no me dejaré llevar por la fiebre consumista de último momento… pero llega diciembre y ahí estoy, inmersa en la marea humana sudorosa y angurrienta (nunca un shopping, la GRA…) que recorre negocios, busca precios para estirar los pocos $ que tiene, protesta porque todo está muy caro y sale el 24 a las nueve de la noche a comprar un saché de mayonesa porque no le alcanzó para el bittel toné. Ni hablar si, ya sobre la hora, alguien llama por teléfono justo cuando está desmenuzando el atún y cuando vuelve a la cocina se encuentra con que se lo comió el gato, y no tiene una lata de repuesto.
¿Cómo sería mi navidad si fuera una persona organizada? Si no me atacara esa inquietud, ese hormigueo nostálgico de lo que fue, de las navidades de mi infancia, que me lleva a salir a buscar un regalito para cada uno, lo que pueda, lo que el bolsillo me permita. Si no entrara y saliera de los negocios carcomida por la duda: ¿Y si compro bombachas rosa para todas las mujeres? ¿Qué le regalo a la María, un gato para su colección de gatos de adorno, un CD o un libro? ¿Qué le regalo a la Elsa, una azucarera, que le hace falta, o un mantelito navideño, que sé que le encantaría? Y así con todos, mi cerebro pugnando entre lo utilitario, lo divertido, lo original y lo que me permite mi economía.
Y ni qué hablar de la comida. Porque uno quiere comerse todo: el lechón con rusa, el matambre arrollado, los tomates rellenos, el pionono de palmitos, el melón con jamón, la ensalada de fruta, el pan dulce, turrón, garrapiñadas, sidra, champán… nada más incoherente que el menú navideño argentino, que la noche del 24 luce prolijo sobre el mantel rojo y verde, las fuentes adornadas como en las revistas de cocina, y para el almuerzo del 25 es un rejunte que se come como venga, sin tanto protocolo.
Quisiera vivir la navidad como lo que debería ser: una celebración íntima, sencilla, más cerca del espíritu que del cuerpo, pero todo alrededor conspira y me envuelve. Hasta que, cerca de las doce, con la plegaria dicha hacia adentro por los que ya no estarán nunca, por los que en este momento no están acá conmigo pero sé que están (parientes, amigos, y este año una hija mochilera que anda por el norte…), le pido a Dios que los bendiga. Después levanto la copa y brindo con los que estamos, y el nudo en la garganta comienza a disolverse lenta y mansamente, lo dejo ir, dejo que se diluya en el bochinche de los cuetes, en la magia efímera de los fuegos artificiales, en el intercambio de regalos, en el último trozo de pan dulce, en la medida justa de alcohol que me permita aquietar la mente sin nublarme el entendimiento. ¡Feliz Navidad!