El aviso que nunca publicaré


Talentosa escritora por descubrir solicita editor. Le importa un pito que tenga buena presencia, que sea caballero, culto y universitario; es más, puede tener mal aliento, si quiere, ser ordinario y no saber nada de literatura, pero debe reunir tres condiciones fundamentales: capital para arriesgar, olfato para conocer el gusto de la gente común, sobre todo de las mujeres, y la más importante: saber cómo vender al autor y al libro.

La búsqueda está orientada hacia un verdadero visionario, agresivo, innovador, dispuesto a implementar técnicas de persuasión novedosas para convencer a los lectores de que sus libros son tan imprescindibles como la saga de Harry Potter. Licenciados en Letras, abstenerse; tienen sangre de horchata, como decía mi abuela”.

Hablando en serio, desde lo más profundo de mi idealismo pisciano me gustaría saber por qué las grandes editoriales gastan fortunas en publicitar libros que se venden solos y ni un mísero peso en autores como una. Convengamos en que difícilmente pueda sostenerse un libro cuya venta nunca arranca porque ni lo promocionan ni lo recomiendan ni lo ofrecen. Me ha pasado, a quien no, clavarme con libros malos de autores reconocidos sólo porque se los promociona como la octava maravilla. Pero podría, o debería, ser al revés: que gracias a la publicidad descubriéramos buenos libros, y buenos autores desconocidos.

Otro punto álgido es la distribución: Los libros se venden sólo en librerías, cuando mucho en un kiosco de revistas, uno que otro bar temático, algún supermercado. Pero deberían venderse en todas partes: en las peluquerías, los almacenes de barrio, los minishop, las regalerías, en fin, en cualquier comercio en el que su dueño se interesara por ofrecerle a su clientela algo distinto. Y los autores tendríamos que tener un contacto más directo con el que vende nuestros libros, y con el que los compra. Claro que esto no es sencillo, porque no todo el mundo puede tener el don de gentes y el carisma necesarios para meterse en el bolsillo a los lectores, los periodistas y los libreros. Si uno es sociable y amistoso le saldrá con naturalidad, pero si no, mejor ni intentarlo porque cuando algo es impostado, la gente se da cuenta y es peor.

Tuve y tengo la suerte de estar cerca de dos mujeres que saben mucho de esto, Cristina Bajo y Cristina Loza, que si bien son muy distintas consiguieron, cada una a su manera, llegar a la gente. De ellas aprendo todos los días lo que se debe y no se debe hacer, y si bien tengo que adaptar sus experiencias a mi personalidad, el saldo siempre es positivo. También conozco otros escritores que odian la exposición, las presentaciones de libros, las notas en radio y televisión; respeto su postura, pero no puedo dejar de ver que tal como están las cosas, el que no está en los medios, no existe. Y si se queda sentado esperando que lo descubran, lo más probable es que se muera siendo un ilustre desconocido. Si a uno le alcanza con escribir y no le importa que lo lean o no, perfecto; pero si quiere ser popular, si quiere tener lectores, hay que tratar de hacerse conocer.

Cristina Loza, que a la hora de hacer realidad sus sueños no tiene quien le pise el poncho, tuvo la brillante idea de festejar las diez ediciones de El revés de las lágrimas con una edición de bolsillo, y de hacerlo nada más y nada menos que en los kioscos, auspiciada por La Voz del Interior. Fue una jugada magistral, que no le reportó un peso pero le generó lectores fieles y agradecidos por la posibilidad de conseguir su libro a un precio más que accesible. Gracias a eso, y a tantos otros aciertos suyos, cada vez que aparece en un programa de radio sus lectores la llaman de toda la provincia.

Estaba escribiendo esto en borrador cuando Miryam, una amiga de la infancia, me sorprendió con una idea que me dejó en el libro de visitas y que viniendo de una ingeniera agrónoma, alguien que no tiene nada que ver con libros y editoriales, me pareció sensacional. Miryam me propuso organizar una reunión con sus amigas separadas para que puedan charlar conmigo sobre mi primer libro, el Manual; la que lo compre, se lo lleva autografiado. Onda reunión de Tupper, digamos, o de Essen, bien de mujeres. Ya me veo departiendo alegremente entre mis pares sobre las vicisitudes de matrimonios y concubinatos finados o a punto de fallecer, haciendo una catarsis comunitaria y ahorrándonos el siquiatra. Me gusta, ni bien hagamos la prueba, les cuento.
Porque no es cuestión de quedarse en la queja estéril, algo hay que hacer, y quién mejor que el propio autor para promocionar su libro. Opinen, mándenme ideas, que me hacen falta.