No llores por mí, Argentina…

Ahora sigamos con el striptease espiritual. Lo escribo como se debe porque Gabriel, desde Miami, me dijo que el spanglish no queda bien, que no diga “estriptís” porque a mi blog lo van a leer millones de personas y tiene que estar bien hecho. ¡Dios te oiga, hombre!

Apaguen las luces así no me ven, relájense y pongan “Puedes dejarte el sombrero puesto” a todo volumen, que acá va la tanguita alma – less con lentejuelas. Agárrense, que es fuerte, es algo tan íntimo que para no contárselo a cualquiera se lo cuento a todos, así de una, y me lo saco de encima de una buena vez.

Tengo una novela terminada (ver fragmento en La Voz del Interior), ya me la rechazaron dos editores y para qué negarlo, el bajón es terrible. Uno sabe que son las reglas del juego, que difícilmente un editor arriesgue su propio capital para editar el libro de una casi desconocida como yo, pero bueno, igual duele. Duele, y cuesta asimilarlo, si amigos escritores como Cristina Bajo y Julio Torres, cuyas opiniones respeto muchísimo, me dieron el visto bueno cuando estuvo terminada, porque no son personas fáciles de conformar; es más, los dos hicieron críticas feroces en su momento, al leer los primeros borradores. Duele, y sigue costando asimilarlo, si otra amigaza como Cristina Loza no sólo consideró que la novela era buena sino que la defendió a capa y espada de los ataques del primero que la rechazó, un aprendiz de inquisidor que la defenestró con una saña digna de mejor causa. Y duele, sobre todo, si unas veinte mujeres de distintas edades y condiciones sociales y económicas la disfrutaron y me marcaron punto por punto todo lo que les había gustado, contra dos o tres a las que no las terminó de conformar. Porque me tomé el trabajo de chequearla con lectores comunes y corrientes, que son los que compran libros, y no con licenciados ni colegas, que leen de prestado, nomás. ¿O no?

Pero los editores son otra cosa. Vaya uno a saber qué quieren.

El segundo rechazo fue más puntual: buscaban una Danielle Steel, o nada. Lo mío sencillamente no encajaba en la línea editorial que habían elegido para debutar (sí, todavía no habían editado nada) y para que encajara tendría que haberle hecho tantos cambios que ya no iba a ser mi libro, ni siquiera la sombra de mi libro, y no valía la pena. Como dijo San Martín: “Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada”. Y yo elijo ser esta que soy, esta que ustedes ven en el blog, y escribir como escribo.

Ojo, eh, que no sangro por la herida; que me duela el rechazo no significa que me crea un genio incomprendido, ni nada parecido. Es infantil pretender que alguien tenga la obligación de editar un libro sólo porque al autor se le ocurrió escribirlo. Faltaba más. Nadie me pidió que me pasara siete años trabajando en mi novela, fue algo que yo elegí, y por lo tanto no tengo derecho a pretender que me la editen ya. No soy tan ridícula.

Uno lo sabe, sabe que el arte no es imprescindible, que no todo el mundo puede triunfar, y que el triunfo depende no sólo de la calidad de lo que uno escribe sino de, mal que nos pese, la suerte, la buena estrella de cada uno. Pero en el fondo no se resigna a dejar morir en un cajón al fruto de sus desvelos, a esa obra que pulió, reescribió con tanto amor, tanta paciencia… y tanta ilusión. Y entonces, ¿qué hacemos?