Nadie es profeta en su tierra, por eso probé en San Juan

Dejemos el glamour para quien pueda gastar en peluquería, y vayamos a lo nuestro.

¿Puede uno desnudar su alma en un blog? Quien sabe. Hay escritores que no quieren verse involucrados con el lector, que quieren ser conocidos sólo por sus obras, ja, como si éstas nacieran por generación espontánea… Yo estoy en el otro extremo y cuando escribo me expongo, a veces más de lo aconsejable, y quiera o no termino haciendo un estriptís mental y emocional en el que me olvido del miedo al ridículo y disfruto, algo que con el cuerpo, reconozco, me sería un poco más difícil.

Me di cuenta de hasta dónde llega mi exposición cuando alguien que leyó un cuento mío publicado en La Voz del Interior hizo todo un análisis de mi persona bastante exacto a partir de esas páginas, y me sorprendió ver cuánto encontró en un texto que yo suponía inofensivo.

Muchas personas, cuando leen, hacen eso: buscan las semejanzas entre el autor y sus personajes, y a partir de ahí suponen que todo es autobiográfico. Como yo no lo hago, me olvido de esconderme un poco más, de poner pistas falsas, y cada dos por tres me encuentran pintada de cuerpo entero.

Bueno, más o menos: confieso que suelo poner pistas falsas como si fueran verdaderas, y ahí me divierto a lo grande viendo como el lector se las cree. La Gra de carne y hueso, entonces, se mezcla con la que inventan los demás a partir de los datos que voy tirando, y pasa a ser un personaje más. Lo malo es que hasta yo me confundo, a veces, y eso hace que me crea más inteligente, genial, buena, fuerte, linda y JOVEN de lo que soy, o más desamparada, pobre y menospreciada de lo que estoy. O al revés.

Donde me expuse mucho, pese a las pistas falsas, fue en los artículos de opinión que escribí hace tres o cuatro años para el diario El Zonda de San Juan, cuando todavía no tenía edición de papel y sólo era un diario digital. Hasta hace poco, podían leerse en una página web que ellos me habían hecho, pero ya no. Lástima. Me hubiera gustado mucho compartirla con ustedes.

Antes que me olvide: ¡Gracias, Marcello, por dejar el primer comentario que tiene este blog! (ver entrada anterior) Digamos que con vos perdí mi virginidad blogística: yo creí que todavía no estaba visible mi Terín Collado pero resultó que sí, y encima debuté con un lector del Zonda. Buenísimo. ¿Y si les escribís para que restauren mi página?

Volviendo al Zonda, me gustó mucho hacer esa columna, que no me reportó ni medio centavo porque me ofrecieron todo el espacio que quisiera pero eso sí, sin cobrar. No importa, igual me sentaba a escribir y corregía un montón de veces, y trataba de hacer lo mejor posible porque era una buena oportunidad para hacerme conocer. De esa época me quedaron unos cuantos mails de lectores que, conmovidos por mis desventuras cotidianas o agradecidos por mi buen humor, me escribían dándome consejos sobre como conseguir un marido o felicitándome por la lucidez de mis razonamientos políticos. ¡Qué me cuentan!

Con la columna del Zonda, que se llamaba Peperina Exprés, terminé de convencerme de algo que siempre tuve muy en claro: sin lector, no hay escritor.